Escuchar también es un acto de respeto

Hace poco me di cuenta de algo mientras hablaba con un cliente en el trabajo, lo interrumpí mientras hablaba.

No fue por mala educación ni por falta de interés. Simplemente pensé que ya sabía lo que me iba a decir y me adelanté para ofrecer una solución.

El problema fue que estaba equivocado.

Cuando terminó de hablar, descubrí que me faltaba información importante y mi respuesta era incompleta. Tuve que corregir sobre la marcha y volver a empezar.

Al terminar la llamada me quedé pensando en algo muy sencillo.

¿Cuántas veces hacemos exactamente lo mismo en la vida?

Escuchamos solo lo suficiente para contestar, pero no para comprender.

Vivimos con tanta prisa que, mientras la otra persona sigue hablando, nosotros ya estamos preparando la respuesta en nuestra cabeza. Dejamos de escuchar para empezar a responder.

Y, curiosamente, el otro extremo tampoco es bueno.

Todos conocemos a alguien que, cuando le haces una pregunta, simplemente no responde, cambia de tema, guarda silencio o actúa como si no hubiera escuchado. 

Tan poco ayuda interrumpir constantemente como ignorar a quien espera una respuesta. En ambos casos el mensaje es el mismo: “lo que tú tienes que decir no es tan importante”.

El Papa Francisco habló mucho sobre este tema. En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones de 2022 recordó que “escuchar es una dimensión del amor” y que no basta con oír; hay que aprender a escuchar con el “oído del corazón”. 

Esa frase me hizo mucho sentido. Escuchar con el corazón significa dejar que la otra persona termine, tratar de entender lo que siente antes de emitir un juicio y resistir esa tentación de decir: “A mí también me pasó…” para convertir su historia en la nuestra.

A veces lo que alguien necesita no es un consejo, ni una solución, ni una lección de vida, solo necesita sentirse escuchado.

También he aprendido que escuchar con empatía implica otra cosa; no utilizar después esa información para exhibir a alguien o restregarle en la cara un error cuando atraviesa un momento difícil. La confianza es un regalo muy valioso, y una vez que se rompe, cuesta mucho recuperarla.

Vivimos en una época donde todos queremos hablar.

Opinar, publicar, responder.

Pero cada vez son menos las personas que realmente saben escuchar, por eso una buena conversación se ha vuelto tan valiosa.

No porque encontremos siempre la respuesta perfecta, sino porque alguien nos regaló unos minutos de atención sincera.

Desde aquella llamada trato de hacer un pequeño ejercicio.

Cuando alguien me habla, procuro dejar que termine.

Escuchar un poco más, interrumpir un poco menos.

Entendí que muchas veces la mejor respuesta no nace de hablar primero, sino de escuchar hasta el final.

Tal vez ahí comienza una de las formas más sencillas —y también más olvidadas— de demostrar respeto hacia los demás.

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