Hace unos días estaba sentado en la sala de espera del consultorio de mi doctor. No había mucho que hacer, así que levanté la vista para ver a mi alrededor.
Éramos varias personas esperando. Nadie hablaba. Nadie observaba a los demás. Nadie veía por la ventana.
Todos estábamos viendo el celular.
Fue entonces cuando me hice una pregunta que, aunque parece muy simple, me dejó pensando un buen rato:
¿Cuándo dejamos de aburrirnos?
Porque hubo una época en la que aburrirse no era un problema, era el principio de algo.
Cuando era niño, bastaban diez minutos sin nada que hacer para que la imaginación empezara a trabajar.
El patio de la casa de mis abuelos dejaba de ser un patio y se convertía en el Estadio Azteca o en cualquier cancha del mundo donde se estuviera jugando una final. Pasaba horas aventándome por balones imaginarios convencido de que estaba atajando el último penal del campeonato.
Al día siguiente ese mismo patio ya no era un estadio.
Era la selva más espesa del planeta.
Mis tíos nos fabricaban “rifles” con broches para colgar la ropa y unas cuantas ligas servían de municiones. Con eso era suficiente para pasar toda una tarde viviendo aventuras que hoy serían imposibles de explicar.
Y lo más curioso es que todo nacía exactamente del mismo lugar.
Del aburrimiento.
No teníamos un celular que mostrara de inmediato un video nuevo. No existía una pantalla lista para entretenernos a la menor señal de silencio.
Así que no nos quedaba otra opción que inventar.
Creo que ahí aprendimos a ser creativos sin darnos cuenta.
Hoy sucede exactamente lo contrario.
En cuanto aparecen cinco minutos libres, casi por reflejo sacamos el teléfono. En la fila del banco, en el consultorio, en un semáforo. Mientras esperamos a alguien. Incluso, el colmo de los colmos, cuando estamos viendo una película y aparece una escena un poco lenta.
Parece que nos da miedo quedarnos a solas con nuestros propios pensamientos.
Y no estoy escribiendo esto desde la crítica feroz.
A mí también me pasa.
Más de una vez me he descubierto tomando el celular sin saber exactamente para qué. Abro una aplicación, luego otra y otra más. Diez minutos después cierro el teléfono sin recordar qué fue lo que vi.
Tal vez por eso cada vez sentimos que el tiempo pasa más rápido.
Cada pequeño espacio que antes ocupábamos pensando, imaginando o simplemente observando el mundo, hoy lo llenamos consumiendo contenido.
No digo que el celular sea el enemigo. Sería absurdo. Gracias a él aprendemos, trabajamos y nos comunicamos como nunca antes.
Lo que sí creo es que hemos olvidado el valor de aburrirnos.
Porque el aburrimiento nunca fue tiempo perdido.
Muchas veces fue el lugar donde nacieron nuestras mejores ideas, nuestros juegos más memorables y algunos de los recuerdos más felices de la infancia.
Quizá deberíamos permitirnos, de vez en cuando, no hacer absolutamente nada.
Quién sabe.
Tal vez la creatividad siga esperando justo ahí… donde la dejamos el día que dejamos de aburrirnos.