Hay sentimientos de los que casi nadie habla con honestidad y claridad.
Uno de ellos es la envidia.
Quizá porque nadie quiere aceptar que alguna vez la ha sentido. Preferimos disfrazarla de crítica, de indiferencia o incluso de frases como “es que tuvo suerte”. Pero creo que, en mayor o menor medida, todos nos hemos encontrado frente al éxito de alguien más preguntándonos por qué esa oportunidad no fue para nosotros.
La diferencia está en lo que hacemos con ese sentimiento.
Mientras escribía estas líneas recordé mi época como portero.
Quienes alguna vez jugaron futbol soccer saben que es una posición muy particular, en el campo hay diez lugares para competir, pero en la portería solo juega uno.
No había medias tintas.
O eras el titular… o te tocaba esperar.
Más de una vez me tocó ayudar a calentar a quien iniciaría el partido. Lo hacía con profesionalismo y, de corazón, le deseaba la mejor de las suertes. Quería que el equipo ganara y sabía que, si a él le iba bien, también le iba bien al grupo.
Pero sería deshonesto decir que por dentro no existía otra voz.
Esa que decía:“Ojalá hoy fuera yo el que estuviera ahí.”
Con los años entendí que eso no era necesariamente envidia.
Era el deseo natural de competir, de querer demostrar que también estaba preparado.
La envidia empieza cuando dejas de querer crecer tú y comienzas a desear que al otro le vaya mal.
Hay personas que viven atrapadas en ese sentimiento. No solo les cuesta alegrarse por los logros de los demás, sino que parecen sufrir cada vez que alguien avanza, compra algo nuevo o alcanza una meta.
No importa si ellas tienen más dinero, una mejor posición o una vida aparentemente más cómoda; siempre encuentran algo que envidiar. Incluso existen quienes llegan al extremo de buscar, de una u otra forma, que al otro le vaya mal. Más que afectar a quienes los rodean, terminan convirtiéndose en prisioneros de un sentimiento que nunca les permite disfrutar lo que ellos mismos tienen.
Ahí es donde cambia todo.
Porque admirar a alguien puede impulsarte, pero envidiarlo termina consumiéndote.
La admiración te hace preguntar:”¿Qué hizo para llegar hasta ahí?”
La envidia pregunta: ”¿Por qué él y no yo?”
Parecen frases muy parecidas, pero la diferencia es enorme.
La primera busca aprender, la segunda busca encontrar una explicación que justifique nuestro propio estancamiento.
Con el tiempo también aprendí algo más.
Alegrarte sinceramente por los logros de otra persona no disminuye los tuyos. Al contrario.
Habla de seguridad, de madurez y de la tranquilidad de entender que cada quien lleva su propio camino.
No todos llegan al mismo tiempo. No todos reciben las mismas oportunidades.
Y no todos recorremos el mismo camino para alcanzar una meta.
He conocido personas que celebran un ascenso ajeno, un negocio que prospera, un campeonato o incluso el éxito de un amigo con la misma emoción con la que celebrarían el suyo.
Siempre me han parecido personas emocionalmente sanas.
Porque entendieron que la vida no es una competencia permanente contra los demás.
Es una competencia contra la mejor versión de uno mismo.
Claro que todos queremos oportunidades, claro que todos queremos crecer.
Claro que todos queremos ser reconocidos, eso es completamente normal.
Lo importante es no permitir que el éxito de alguien más se convierta en el motivo de nuestro resentimiento.
Porque mientras la admiración inspira, la envidia desgasta.
Y, al final, descubrí que aquella voz que quería estar bajo los tres postes no era mi enemiga.
Era el recordatorio de que debía seguir entrenando para que, cuando llegara mi oportunidad, estuviera listo para aprovecharla.
Creo que esa sigue siendo una buena filosofía para la vida.
Admira a quien ha llegado más lejos que tú. Aprende de él.
Y después… sigue trabajando para escribir tu propia historia de éxito.