Por favor… ya quítenles el teléfono un ratito

Creo que a todos nos ha pasado alguna vez.

Tenemos un mal día, discutimos con la pareja, estamos enojados con alguien o simplemente sentimos la necesidad de desahogarnos. Escribimos un mensaje, una indirecta o una publicación… y por unos segundos pensamos en compartirla con todo el mundo.

La diferencia es que muchos respiramos profundo, borramos el texto y seguimos con nuestra vida.

Pero hay personas que no.

Y pareciera que Facebook se convirtió en su terapeuta, su diario personal y su conferencia de prensa, todo al mismo tiempo.

No estoy diciendo que esté mal compartir momentos difíciles. Todos hemos necesitado apoyo alguna vez. Una enfermedad, la pérdida de un ser querido o un problema importante son situaciones en las que es normal buscar el cariño de quienes nos rodean.

El problema empieza cuando absolutamente todo termina en redes sociales.

Un día publican que encontraron al amor de su vida. Tres días después, que es la peor persona que han conocido.

A la semana siguiente aparecen abrazados en una foto diciendo que nunca habían sido tan felices.

Y uno ya no sabe si felicitarlos, consolarlos o simplemente esperar al siguiente capítulo.

También están las famosas indirectas.

Esas publicaciones que claramente van dirigidas a alguien… pero nadie sabe a quién.

“Hay personas que tarde o temprano reciben lo que merecen.”

“El tiempo pone a cada quien en su lugar.”

“Yo sé quién eres.”

Y los demás leyendo los comentarios como detectives tratando de entender qué fue lo que pasó.

Hay otro tipo de publicaciones que también me llaman la atención. Personas que presumen conductas de las que probablemente deberían sentirse avergonzadas. Suben videos haciendo cosas irresponsables, cuentan excesos como si fueran logros o convierten cada mala decisión en una historia para presumir.

Después, cuando las consecuencias llegan, las redes cambian por completo. Ahora aparecen las fotos desde un hospital, las peticiones de oraciones y los mensajes de “nadie sabe las batallas que estoy librando”.

Y claro que todos merecemos empatía.

Pero también es inevitable que la gente forme una opinión con base en lo que uno mismo decide publicar.

Las redes sociales tienen algo curioso; nosotros controlamos el botón de “Publicar”, pero dejamos de controlar la forma en que los demás interpretan lo que compartimos.

Quizá el verdadero problema es que confundimos desahogarnos con transmitir en vivo nuestra vida.

Antes muchas cosas se platicaban con un amigo, con un familiar o simplemente se quedaban en un diario personal. Hoy, en cuestión de segundos, cientos de personas pueden enterarse de una pelea, una reconciliación, un enojo o una crisis.

Y no me excluyo.

Estoy seguro de que todos hemos publicado algo impulsivamente de lo que después nos arrepentimos. La diferencia es que para la mayoría fue una excepción.

Para otros parece convertirse en una costumbre.

A veces pienso que Facebook debería tener un botón que dijera:

“¿Estás seguro? Léelo otra vez dentro de una hora.”

Estoy convencido de que evitaría más de una discusión, más de una indirecta… y probablemente también más de una reconciliación incómoda.

Porque al final, compartir parte de nuestra vida está bien.

Pero convertir cada emoción en un episodio público puede ser agotador, no solo para quien publica, sino también para quienes lo leen.

Y hay días en los que, después de recorrer el muro de Facebook, no puedo evitar pensar lo mismo:

Por favor… ya quítenles el teléfono un ratito.

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