Hay un momento en la vida en el que uno empieza a recibir pequeñas señales de que los años están pasando. No necesariamente son malas, algunas incluso resultan graciosas, pero ahí están.
En mi caso, una de las más evidentes fueron los readers, esos anteojos para leer que un día descubres que necesitas porque las letras decidieron hacerse más pequeñas. Primero alejas un poco el teléfono, después buscas mejor iluminación. Hasta que finalmente aceptas que el problema no era el tamaño de las letras.
Pero hay otras señales menos evidentes.
Por ejemplo, ahora aprecio muchísimo una noche completa de sueño. También aprendí que cenar tarde puede cobrarse la factura durante la madrugada y que algunos alimentos condimentados o los lácteos ya no siempre son mis mejores amigos.
Y sí, también he comenzado a decir una de esas frases que juraba que nunca utilizaría:
“Mis tiempos eran mejores”.
No sé si realmente lo fueron o simplemente la memoria tiene la maravillosa capacidad de quedarse con lo bueno y borrar parte de lo malo. Pero cada vez entiendo mejor a quienes me llevaban algunos años y decían exactamente lo mismo.
También ha cambiado mi relación con el ejercicio.
Trato de mantenerme activo, pero no con la intención de evitar el envejecimiento. Hasta donde sé, nadie ha encontrado todavía cómo hacerlo. Mi objetivo es mucho más sencillo; quiero envejecer de la manera más activa posible.
Antes podía entrar al gimnasio pensando en cuánto peso levantar. Hoy soy mucho más consciente de mis limitaciones. Ya no necesito demostrarle nada a la barra, a la caminadora ni mucho menos al tipo que está entrenando a un lado.
Además, adopté al pie de la letra uno de los mejores consejos que me ha dado mi doctor; si duele, deja de hacerlo.
Parece obvio, pero durante años muchos crecimos pensando exactamente lo contrario.
También cambiaron algunas prioridades. Antes podía preocuparme mucho más por contar calorías; ahora me fijo en consumir suficiente proteína, tomo mis suplementos diariamente y trato de cuidar mejor lo que como. No siempre lo logro, pero por lo menos ahora sé perfectamente cuándo estoy haciendo trampa.
Y quizá el cambio más importante ni siquiera tiene que ver con el cuerpo.
Cada vez valoro más llevar una vida tranquila.
No significa aburrida. Todavía disfruto ir a un festival de música, viajar, bailar durante horas o salir de vez en cuando a disfrutar una buena cena acompañada de algunas bebidas. Cuidarse tampoco debería significar dejar de vivir.
Porque, al final, también he llegado a otra conclusión que seguramente viene incluida con los años; de algo se va a morir uno.
La diferencia está en no utilizar esa frase como excusa para descuidarnos, sino como recordatorio de que tampoco podemos pasar la vida teniendo miedo de disfrutarla.
Envejecer es inevitable.
Quizá la meta nunca debió ser evitarlo, sino llegar a cada etapa en las mejores condiciones posibles para seguir haciendo las cosas que disfrutamos.
Aunque ahora, para poder hacerlas, necesitemos nuestros anteojos para leer, una buena proteína y, definitivamente, dormir ocho horas.