Tenemos cientos de fotos que nunca volvemos a ver

Soy de una generación en la que tomar una fotografía tenía algo de misterio.

Comprabas un rollo de 24 o 36 exposiciones, tomabas las fotos y después había que esperar. No existía eso de revisar inmediatamente la pantalla para decidir si había que repetirla. El momento ya había pasado y la fotografía era la que era.

Después venía otra parte de la experiencia; llevar el rollo a revelar y esperar para descubrir cuántas habían salido bien. Y entre las que sí salieron, cuántas estaban enfocadas, nadie había cerrado los ojos y, por supuesto, cuántas se habían salvado de aquellos famosos ojos rojos que arruinaron más de una buena fotografía familiar.

Hoy todo es diferente.

Podemos tomar cien fotografías en una tarde sin pensarlo demasiado. Si una no nos gusta, tomamos otra. Y otra. Y otra más. Tenemos miles almacenadas en nuestros teléfonos y probablemente cientos de ellas nunca volveremos a verlas.

Lo curioso es que una fotografía sigue teniendo exactamente el mismo poder.

Una fotografía es la captura de un instante que puede llevarnos a otros lugares, otros tiempos y hasta otros estados de ánimo.

Una imagen puede hacernos recordar una voz, una canción, un viaje o una persona. Incluso puede regresarnos por unos segundos a una etapa de nuestra vida que creíamos olvidada.

Quizá por eso siempre me ha gustado la fotografía.

Cuando estudiaba Ciencias de la Comunicación en la universidad llevé una clase de fotografía y aprendí algo que hoy parece pertenecer a otra época: revelar fotografías en blanco y negro.

Recuerdo el cuarto oscuro, la exposición que tenía que ser exacta y el cuidado durante todo el proceso. Hasta una gota de agua que cayera donde no debía podía afectar el trabajo. Había que manejar correctamente el papel y los líquidos, controlar los tiempos y esperar.

Y entonces ocurría algo que para mí tenía cierta magia; poco a poco comenzaba a aparecer una imagen sobre aquel papel que unos momentos antes estaba completamente en blanco.

Claro, en ese entonces también existía una motivación muy práctica, necesitaba una buena calificación.

Pero junto con ella estaba la satisfacción de haber hecho bien el trabajo. Desde tomar la fotografía hasta verla finalmente revelada, todo el proceso dependía de uno.

Ahora sacamos el teléfono del bolsillo y en segundos tenemos una fotografía con una calidad que probablemente jamás imaginamos en aquellos años. La tecnología nos permitió capturar prácticamente todos los momentos que queramos.

Pero quizá ahí apareció una paradoja.

Nunca habíamos tomado tantas fotografías y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tantas que jamás volveremos a ver.

Antes un álbum familiar podía contener buena parte de nuestra historia. Lo abríamos y cada fotografía tenía una historia detrás. Hoy esa historia puede estar perdida entre miles de imágenes almacenadas en un teléfono.

No creo que tengamos que volver al rollo fotográfico ni mucho menos limitar las fotos que tomamos.

Tal vez simplemente deberíamos regresar de vez en cuando a ellas.

Abrir la galería, retroceder algunos años y detenernos en una fotografía cualquiera.

Porque quizá descubramos que aquello que parecía simplemente una imagen guardada es, en realidad, un pequeño instante de nuestra vida que estaba esperando ser recordado.

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