¿Cuándo dejamos de tocar la puerta?

En mi familia tenemos una regla no escrita que, pensándolo bien, seguimos casi al pie de la letra.

Si voy a visitar a mi hermana o a alguno de mis hijos, primero mando un mensaje o hago una llamada. Pregunto si están en casa, si podemos ir, a qué hora llegamos y, muchas veces, hasta qué tenemos que llevar.

Y ellos hacen exactamente lo mismo.

Me parece lo más normal del mundo. De hecho, creo que ahora hasta resultaría extraño escuchar el timbre, abrir la puerta y encontrarte a un familiar o amigo que simplemente decidió pasar a saludarte.

Es más, una visita inesperada puede hasta provocar cierta preocupación. Si alguien cercano aparece de improviso en la puerta, sin mensaje ni llamada previa, lo primero que podemos pensar es que algo sucedió. Como si tocar la puerta sin avisar se hubiera convertido, de alguna manera, en el presagio de que algo anda mal.

Pero antes era diferente.

Hubo una época en la que las visitas llegaban sin necesidad de mandar un mensaje media hora antes. No había teléfonos móviles para confirmar que alguien estuviera en casa y mucho menos para compartir la ubicación y avisar: “Ya vamos para allá”.

Simplemente llegabas y tocabas la puerta.

Recuerdo especialmente la época de Navidad. Visitábamos familiares y amigos o ellos llegaban a nuestra casa. Incluso recuerdo a unos amigos de mi papá que tenían la costumbre de visitarnos cada víspera de Navidad.

Curiosamente, no recuerdo sus nombres.

Lo que sí recuerdo perfectamente es que prácticamente no los veíamos durante el resto del año, pero ese día aparecían por la casa. Era casi una tradición. Nadie necesitaba confirmar la cita en el calendario ni preguntar si seguía en pie el plan.

Simplemente sabíamos que probablemente llegarían.

Y había algo agradable en aquellas visitas inesperadas.

De pronto había que hacer malabares para ofrecer algo. Buscar qué había en el refrigerador, sacar bebidas, agregar algunas sillas o entre todos improvisar algo para comer.

Y funcionaba.

Terminábamos pasando un buen rato sin que nadie hubiera planeado demasiado.

No creo que antes todo fuera mejor. Hoy tenemos nuestras rutinas, compromisos y horarios, y avisar antes de visitar a alguien también es una forma de respetar su tiempo y privacidad. Yo mismo prefiero hacerlo así.

Pero eso no impide que extrañe un poco aquella espontaneidad.

Quizá sea también una señal de que la edad comienza a hacer su trabajo. Uno empieza a recordar con más cariño cosas que en su momento parecían completamente normales y que nunca imaginamos que algún día desaparecerían.

Las visitas no terminaron. Simplemente cambiaron.

Ahora primero aparece en la pantalla:

“¿Están en casa? ¿Podemos caerles como a las tres?”

Y solamente después del esperado “sí, aquí nos vemos”, empezamos a planear.

Tal vez ganamos organización y comodidad.

Pero de vez en cuando extraño aquellos tiempos en los que alguien tocaba la puerta sin avisar y, en lugar de preguntarnos quién vendría a esa hora, simplemente nos daba gusto descubrirlo.

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