Lo hago casi todos los días. Me levanto, me preparo un café, con poca crema —sin azúcar, a veces con colágeno— y empiezo el día. Es un ritual. Un momento mío. Y si soy honesto, pocas cosas disfruto tanto como ese primer sorbo en silencio antes de que arranque todo.
Pero hace poco me detuve a pensar: ¿qué tanto sabemos realmente de ese hábito?
Porque el café en ayunas tiene fama de todo. Para algunos es casi un elixir que activa el metabolismo; para otros, un enemigo silencioso que irrita el estómago y eleva el estrés. Y como suele pasar, la respuesta no es blanco o negro.
De acuerdo con especialistas en nutrición y salud digestiva, la cafeína estimula la producción de ácido en el estómago. En personas sensibles, eso puede traducirse en acidez, inflamación o esa sensación incómoda que aparece sin saber bien por qué. No a todos les pasa, pero cuando pasa, el cuerpo lo dice claro.
También está el tema del cortisol. Según lo que explican médicos como Marian Rojas Estapé, el cortisol es la hormona que nos ayuda a despertarnos y activarnos. El detalle es que en la mañana ya tenemos niveles naturalmente altos. Al tomar café en ayunas, especialmente en exceso, puedes estar empujando todavía más esa respuesta de estrés. No lo sientes de inmediato, pero con el tiempo puede reflejarse en ansiedad, irritabilidad o ese cansancio raro que aparece más tarde.
Ahora, tampoco se trata de satanizar el café. Sería injusto. Diversos estudios, como los citados por Harvard Health, han asociado el consumo moderado de café —hablamos de dos a tres tazas al día— con beneficios como mejor concentración, menor riesgo de enfermedades neurodegenerativas e incluso apoyo al rendimiento físico.
Entonces, ¿dónde está el punto medio? En escuchar al cuerpo.
Hay personas que toman café en ayunas toda su vida y no tienen ningún problema. Otras, en cambio, sienten de inmediato la diferencia cuando lo acompañan con algo de alimento. A veces no se trata de dejarlo, sino de ajustar; tomarlo después de desayunar, reducir la cantidad o incluso cambiar el momento del día.
En mi caso, he empezado a observarme más. No dejar el café —porque también es un gusto—, pero sí entender cuándo me cae bien y cuándo no. Porque al final, más allá de lo que diga cualquier estudio, hay algo que no falla: el cuerpo siempre da señales.
Y aprender a leerlas… también es parte de cuidarte.