Cada año pasa lo mismo. Llegan las primeras temperaturas altas y todos decimos algo parecido: “Ahora sí ya empezó el calor”.
Y aunque el verano siempre llega, muchas veces seguimos viviendo exactamente igual, como si el cuerpo no resintiera los cambios de clima.
Lo he pensado mucho estos días aquí en Arizona, donde el calor no es cualquier cosa. Hay mañanas donde desde temprano ya se siente el aire caliente y salir al mediodía se parece a abrir la puerta de un horno. Curiosamente, aun viviendo aquí, muchas veces seguimos subestimando cómo afectan las altas temperaturas en la energía, el humor y hasta en la salud.
Uno de los cambios más simples —y más importantes— es tomar más agua. Parece obvio, pero mucha gente vive constantemente deshidratada sin darse cuenta. Yo mismo he hablado antes de que no siempre tomo suficiente agua, especialmente cuando ando ocupado o concentrado en el trabajo. El problema es que en verano el cuerpo pierde líquidos mucho más rápido, incluso sin hacer ejercicio intenso.
Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), la deshidratación puede provocar fatiga, dolores de cabeza, mareos y problemas de concentración. Y a veces uno cree que está cansado por estrés o por dormir poco, cuando simplemente el cuerpo necesita agua.
También empiezas a valorar cosas tan simples como la ropa clara. De joven uno muchas veces usa lo que sea sin pensar mucho en eso, pero conforme pasan los años entiendes por qué tanta gente en lugares calurosos usa colores claros y ropa ligera. El cuerpo lo agradece.
Y hay otro detalle que muchas veces pasamos por alto: la comida.
En verano los alimentos se descomponen más rápido y eso aumenta el riesgo de intoxicaciones alimentarias. Según la FDA, productos como pollo, mariscos, lácteos, arroz cocido o comida preparada no deben permanecer demasiado tiempo fuera del refrigerador cuando hace calor. Algo tan simple como dejar comida dentro del carro unos minutos puede convertirse en un problema.
Por eso también cobra más importancia algo básico que aprendimos desde niños: lavarse las manos. Parece increíble que todavía haya que recordarlo, pero en épocas de calor las bacterias se reproducen más rápido y pequeños descuidos terminan causando infecciones estomacales bastante desagradables.
Y quizá lo más importante es aprender a escuchar más al cuerpo.
Hay días donde el calor simplemente te baja la energía. No siempre es flojera. A veces el cuerpo necesita bajar revoluciones, descansar más o evitar ciertas horas del sol. Incluso quienes hacemos ejercicio terminamos adaptando horarios para evitar entrenar cuando las temperaturas están más fuertes.
El verano tiene muchas cosas buenas. Vacaciones, reuniones, días más largos, viajes y tiempo en familia. Pero también exige ciertos cambios pequeños que muchas veces ignoramos.
Y curiosamente, son esos pequeños ajustes —más agua, más cuidado, más atención al cuerpo— los que terminan haciendo una gran diferencia durante toda la temporada.