La vida también se mide en Mundiales

A mis 52 años, este será el duodécimo Mundial que tendré la oportunidad de ver y disfrutar.

Aunque nací en 1973, Alemania 74 no me tocó y de Argentina 78 apenas conservo algunas imágenes aisladas. Sé que México participó y terminó en último lugar, pero mi primer contacto real con una Copa del Mundo llegó en España 82, cuando tenía apenas nueve años.

Ahí descubrí la magia de los Mundiales.

Los partidos se jugaban al mediodía y durante varias semanas el mundo parecía girar alrededor de una pelota. Brasil, Alemania, Argentina e Italia llenaban las conversaciones. Italia terminaría levantando la Copa de la mano de Paolo Rossi, mientras que yo, como buen portero, pasaba más tiempo observando a Dino Zoff, Harald Schumacher y Ubaldo Matildo Fillol que a los delanteros.

La vida tiene formas curiosas de cerrar círculos. Una década después tendría la oportunidad de estrechar la mano de Fillol y compartir una cancha de entrenamiento con él. En aquel verano de 1982 jamás habría imaginado algo así.

España fue inolvidable, aunque tenía una ausencia importante: México no estaba ahí. Si la memoria no me falla, el único representante nacional fue el árbitro Mario Rubio.

Al terminar la final entre Italia y Alemania le hice una pregunta a mi padre.

—¿Cuándo será el siguiente Mundial?

—Dentro de cuatro años.

¡Cuatro años!

Hoy se van en un abrir y cerrar de ojos. Pero para un niño de nueve años parecían una eternidad. Sobre todo para uno que, aunque jugaba béisbol, tenía una verdadera obsesión por la portería. Mi lugar favorito estaba bajo los tres postes. Me gustaba atajar, aventarme por los balones y regresar a casa con los codos raspados si era necesario.

Y entonces llegó México 86.

Lo que siguió fue una auténtica locura.

El país entero respiraba futbol. Sonaba “El Equipo Tricolor” por todos lados y hasta los horarios escolares se acomodaron para que pudiéramos seguir los partidos de la Selección Mexicana.

Debo confesar que todavía hoy, casi cuarenta años después, me emociona escuchar los primeros acordes de aquella canción.

“El Equipo Tricolor tiene mucho corazón y en la cancha lo demostrará…”

Bastan esas palabras para transportarme de inmediato a 1986, a las calles llenas de banderas, a las conversaciones sobre futbol en cada esquina y a la ilusión de un país entero que creía que todo era posible.

Todavía puedo verme saliendo de la escuela primaria a toda velocidad para llegar a casa antes del partido contra Bélgica. Cuando Fernando Quirarte anotó el primer gol y salió corriendo a celebrarlo con la banca, puedo jurar que yo iba junto a él. Desde la sala de mi casa corría, gritaba y festejaba como si estuviera dentro de la cancha.

Luego vino el gol de Hugo Sánchez.

México ganó 2-1 y aquella tarde terminé convencido de que nadie nos iba a quitar la Copa del Mundo.

Después llegaron el empate ante Paraguay, y las victorias contra Irak y Bulgaria. El gol de media tijera de Manuel Negrete contra los bulgaros se convirtió en tema obligado en cada cascarita del barrio. Todos queríamos repetirlo. No importaba que el escenario fuera una cancha improvisada o el duro pavimento de la calle. Durante semanas, cientos de niños mexicanos intentamos convertirnos en Negrete por unos segundos.

Y entonces apareció Alemania.

El partido se jugó un sábado en Monterrey y pocas veces he estado tan nervioso frente a una televisión. A los 12 años uno vive el futbol de una manera diferente. No existen los análisis tácticos ni las estadísticas. Solo existe la ilusión.

Y yo estaba convencido de que México podía llegar hasta el final.

El partido terminó empatado y llegaron los penales.

Lo que ocurrió después todavía lo tengo grabado.

México perdió.

Recuerdo que lloré tanto que mi mamá tuvo que llamar a mi papá, que en ese momento estaba trabajando en la dirección del periódico Norte en la ciudad de Chihuahua, para que hablara conmigo. La derrota me había dejado inconsolable.

Hoy me causa ternura recordar aquella escena. Pero en ese momento era completamente real. Para ese niño de 12 años, la eliminación parecía el fin del mundo.

Han pasado cuarenta años desde entonces.

Entre aquel México 86 y el Mundial que está por comenzar han ocurrido muchas cosas. He visto otros Mundiales, he cambiado de ciudad, de profesión y de etapa de vida. He sido deportista, periodista, esposo, padre y muchas cosas más.

Por eso me gusta tanto la idea de que la vida también se mide en Mundiales.

Cada cuatro años llega uno nuevo y, casi sin darnos cuenta, descubrimos cuánto ha cambiado nuestra vida desde el anterior.

Los jugadores son distintos. Los estadios también. Nosotros, más todavía.

Sin embargo, hay algo que permanece.

Hace cuarenta y cuatro años, al terminar la final de España 82, le pregunté a mi papá cuándo sería el siguiente Mundial.

Me respondió que dentro de cuatro años.

Hoy, a mis 52 años, mientras me preparo para disfrutar el Mundial número doce de mi vida, me doy cuenta de algo que entonces era incapaz de entender.

Los cuatro años no eran lo importante.

Lo importante era que podía hacer esa pregunta y que él estaba ahí para responderla.

Y aunque el tiempo ha pasado para todos, me siento profundamente agradecido de que todavía puedo levantar el teléfono, llamarle y preguntarle cuándo será el siguiente Mundial.

Esta vez ya conozco la respuesta.

Pero hay preguntas que uno hace simplemente porque valora la fortuna de seguir teniendo a quién hacérselas.

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