Hay temas que no se tocan porque “cada quien hace lo que quiere”. Y es cierto, pero a veces conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿esto que hago por costumbre o por socializar, lo hago sabiendo lo que implica?
Hace unos días estaba revisando unas notas médicas y me topé con un dato que me pareció simple pero importante; el cuerpo humano tarda aproximadamente una hora en metabolizar una bebida estándar de alcohol. Eso significa que una cerveza, una copa de vino o un ‘shot’ de licor no solo “relajan”, también implican un proceso biológico que exige tiempo, agua, energía… y consecuencias.
En Estados Unidos, las autoridades de salud definen como “una bebida estándar” aquella que contiene aproximadamente 14 gramos de alcohol puro. Esto equivale a una lata de cerveza de 355 mililitros (12 onzas) con un 5% de alcohol, o a una copa de vino de 148 mililitros (5 onzas) al 12%, o bien a un caballito de licor destilado de 44 mililitros (1.5 onzas), con una concentración del 40%.
Tampoco es casual que el consumo “moderado” se establezca como hasta una bebida al día para las mujeres, y hasta dos para los hombres. No es un tema de género, sino de fisiología; las mujeres, en promedio, tienen menor masa muscular, diferente proporción de agua corporal y un metabolismo distinto, lo que hace que el alcohol se procese de forma más lenta.
Y aunque esa medida suene razonable, la mayoría de nosotros no lleva la cuenta real. Una copa “generosa” de vino puede duplicar fácilmente esa medida. Un ‘refill’ al que nadie le dijo “ya basta” también cambia las cuentas. Y ahí es donde se pierde la noción.
En mi caso bebo los fines de semana, pero he tenido épocas donde una cerveza fría parecía la recompensa perfecta del día. Y no lo critico. A veces el ritual ayuda. Pero también he visto el lado silencioso del exceso; ese cansancio que uno atribuye al desvelo, esa inflamación que no sabes de dónde vino, esa ‘ansia culeca’ que te acompaña más tiempo del que debería.
No se trata de satanizar el alcohol, sino de tomar decisiones informadas. Si se va a beber, es bueno saber que existen opciones menos agresivas para el cuerpo: licores más puros como el tequila blanco o el vodka sin azúcar añadida, evitar mezclarlos con jugos artificiales o refrescos, hidratarse entre bebidas, y sobre todo, reconocer cuándo el cuerpo o el momento piden una pausa.
La Organización Mundial de la Salud ha sido clara; no existe una cantidad de alcohol completamente libre de riesgo. El contexto, la frecuencia y la cantidad son los factores que marcan la diferencia. Para algunos, una copa es parte del disfrute social. Para otros, puede ser la puerta a una dependencia silenciosa.
Al final, lo importante no es juzgar, sino observarse. Ver si esa copa relaja… o anestesia. Si se disfruta… o se necesita.
Y si algún día decides decir “hoy no”, que no te pese. Porque a veces, no tomar también es una opción.