Procrastinar: el precio invisible de postergar

No había escrito nada en días. ¿La razón? La mismísima protagonista de esta nota: la procrastinación. O como le digo en confianza, esa vocecita que te dice “mañana”. Esa que te hace reorganizar el cajón de los calcetines antes de hacer esa llamada pendiente. Esa que te convence de que “no es el momento adecuado” para mandar ese correo, empezar ese trámite, subirte a esa caminadora.

Procrastinar es esa acción sutil, casi elegante, de postergar lo importante. Lo urgente. Lo que de verdad te mueve. Y lo peor: lo haces sabiendo que lo vas a tener que enfrentar… pero no hoy. Mañana, o pasado, o cuando “estés listo”.

A mí me ha pasado más de una vez, y confieso que es algo con lo que estoy batallando frontalmente. Lo curioso es que no me di cuenta con una reflexión profunda ni con un podcast de productividad. Me di cuenta cuando el precio fue tangible. Literalmente, ese trámite que postergué por semanas me terminó costando dinero que no tenía. Una llamada que dejé para “después” me costó una venta. Y no cualquier venta; una que me habría ayudado a avanzar en mis metas del mes.

Fue ahí, entre el coraje y el arrepentimiento, que lo vi con claridad. Postergar cuesta. A veces cuesta dinero, a veces relaciones, a veces oportunidades. Pero siempre, siempre deja un sabor amargo: el del “si tan solo lo hubiera hecho a tiempo”.

Hace poco leí que la procrastinación no es flojera, como muchos creen. Tiene raíces más profundas. Según estudios recientes, está relacionada con una desconexión en el cerebro entre la corteza prefrontal (la parte racional, que planea y organiza) y el sistema límbico (el emocional, que busca placer inmediato y evita el dolor). Es decir, no es solo que seas desorganizado o apático. Es que tu cerebro está literalmente saboteando tu capacidad de hacer lo que sabes que tienes que hacer.

Pero no todo está perdido. Lo sé porque poco a poco he comenzado a dejarla atrás. A veces con pasos torpes. A veces con pequeños triunfos que solo yo conozco. Como cuando hago esa llamada que me cuesta. Como cuando empiezo a escribir aunque la mente quiera estar en otro lado. Y la satisfacción que llega después es grande. Genuina, de esas que se sienten en el pecho.

Porque dejar de procrastinar no es solo tachar pendientes. Es recobrar control. Es recordarte que tú decides cuándo actuar, no tu miedo, ni tu cansancio, ni esa vocecita que siempre tiene una excusa lista.

Eso sí, el precio de la procrastinación se paga caro. Y se paga en arrepentimientos. En noches donde te cuestionas por qué no lo hiciste antes. En oportunidades que no regresan. En esa alta factura emocional que llega sin previo aviso.

Yo no tengo todas las respuestas, pero sí tengo claro que el primer paso es reconocerlo. Decir: “Sí, postergué esto, pero hoy lo hago”. Aunque sea tarde. Aunque sea imperfecto. Aunque sea solo un pequeño avance. Porque avanzar, por mínimo que parezca, siempre será mejor que seguir donde mismo.

Y aquí estoy, escribiendo esta nota, no para dar lecciones, sino para dejar constancia de que se puede. Que la próxima vez que sientas esa tentación de dejarlo para mañana, recuerdes que ese “mañana” tiene un precio. Que a veces lo pagas con dinero… y otras con tu tranquilidad.

Porque lo más triste no es fallar, es ni siquiera intentarlo.

Y en eso, señores y señoras, me declaro oficialmente en recuperación.

Leave a Comment