Diez en teoría, reprobados en la práctica

Ha pasado más de un mes desde la última vez que publiqué algo.

Podría decir que estuve muy ocupado, que me faltaron temas o buscar cualquier otra explicación. La realidad es mucho más sencilla: no me senté a escribir.

Ideas había. Ganas, …algunos días también. Pero entre pensar en hacer algo y hacerlo existe una distancia que solamente se recorre cuando comenzamos.

Y eso me hizo pensar en la motivación.

¿Qué nos inspira? ¿Qué nos hace levantarnos cada mañana para trabajar, hacer ejercicio, estudiar, cuidar nuestra salud o perseguir alguna meta?

La motivación sí que ayuda. A veces aparece después de escuchar una canción, tener una buena conversación, leer algo o simplemente despertar con ganas de comernos el mundo.

El problema es que no llega todos los días.

Ahí entra la disciplina.

Para mí, la diferencia es bastante sencilla; la motivación te da ganas de hacerlo; la disciplina hace que lo hagas incluso cuando no tienes ganas.

Este mes sin escribir es un buen ejemplo. Podía pensar todos los días que debía publicar algo, incluso imaginar temas completos en mi cabeza. Pero mientras no abriera la computadora y comenzara a escribir, seguía teniendo exactamente lo mismo: buenas intenciones.

Y conozco personas extraordinariamente buenas para las buenas intenciones… especialmente cuando son para los demás.

Todos conocemos a alguien así.

Le preguntas cómo bajar de peso y tiene la dieta perfecta. Cómo mejorar tus finanzas y conoce exactamente dónde debes invertir. Cómo resolver un problema familiar y parece terapeuta. Cómo hacer ejercicio y podría diseñarte una rutina completa.

Siempre tiene una respuesta.

Lo curioso viene cuando observas su propia vida.

La dieta perfecta nunca comienza. El gimnasio puede esperar hasta el próximo lunes. Sus finanzas no necesariamente reflejan sus consejos y las soluciones que recomienda para los problemas ajenos rara vez funcionan cuando tiene que aplicarlas en los propios.

Diez en teoría. Reprobado en la práctica.

Y no lo digo solamente como crítica. Creo que todos podemos caer alguna vez en esa contradicción. Desde afuera resulta mucho más sencillo encontrar soluciones. No cargamos las emociones, los miedos, las dudas ni las consecuencias de quien tiene que tomar la decisión.

El problema aparece cuando hacemos de eso una forma de vida.

Personas que parecen vivir extraordinariamente bien dentro de su cabeza. Ahí hacen ejercicio, comen perfectamente, toman grandes decisiones, cumplen todos sus proyectos y saben exactamente cómo deberían vivir los demás.

Solo falta un pequeño detalle: hacerlo.

Y quizá algunas personas viven dando consejos precisamente porque aconsejar no implica arriesgar demasiado. Es más fácil explicar cómo debería librarse una batalla cuando uno observa desde lejos que entrar al terreno y poner a prueba sus propias ideas.

Hay quienes parecen dispuestos a pelear solamente las batallas que saben que pueden ganar. Porque intentar algo de verdad también significa exponerse a fracasar, equivocarse o descubrir que aquello que parecía tan sencillo cuando se lo recomendaban a otro no lo era tanto.

Y ahí, muchas veces, termina ganando la cobardía.

No necesariamente la cobardía de quien huye, sino la de quien nunca se arriesga. La de quien prefiere imaginar lo que podría hacer antes que descubrir de qué es realmente capaz.

Porque saber qué hacer no transforma absolutamente nada si nunca lo llevamos a la práctica.

Puedes conocer la mejor dieta, pero de nada sirve si no la sigues. Puedes saber cómo entrenar, pero el cuerpo no distingue entre las repeticiones que hiciste y las que solamente imaginaste. Puedes conocer todas las frases motivacionales del mundo, pero ninguna sustituye levantarte y hacer lo que tienes que hacer.

Quizá por eso, conforme pasan los años, me impresionan menos los grandes consejos y más las pequeñas acciones.

La persona que cumple. La que intenta. La que se equivoca, corrige y vuelve a hacerlo.

No siempre necesitamos otra recomendación, otro video motivacional o alguien explicándonos lo que deberíamos hacer.

Muchas veces ya sabemos la respuesta.

Yo, por ejemplo, sabía desde hace semanas que quería volver a escribir.

Solo necesitaba dejar de pensarlo, sentarme frente a la computadora y hacerlo.

Y aquí estamos.

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