La tranquilidad que puede dar una casa ordenada

Hay cosas que uno no entiende… hasta que las vive.

Durante muchos años, debo admitir que el orden en una casa nunca fue una de mis prioridades. Mientras pudiera encontrar mis cosas, para mí todo estaba bien. La ropa podía quedarse sobre una silla, los zapatos donde me los quitaba o algún objeto encima de la mesa durante días. No era un desastre total, pero definitivamente el orden no ocupaba un lugar importante en mi lista.

Todo eso empezó a cambiar cuando me casé.

Con el paso del tiempo empecé a notar algo que al principio me parecía curioso. Mi esposa Verónica encontraba una enorme satisfacción en tener la casa limpia y ordenada. No era una obsesión, simplemente disfrutaba vivir en un ambiente donde cada cosa estaba en su lugar.

Y, siendo sincero, al principio no lo entendía.

Pensaba: “¿Qué diferencia hace si esa chamarra se queda ahí hasta mañana?” o “¿Por qué es tan importante recoger esto ahorita?”

Con los años descubrí que no se trataba de la chamarra.

Ni de los zapatos, ni siquiera de la limpieza.

Se trataba de la sensación que produce vivir en un lugar que transmite armonía.

Poco a poco esa forma de ver las cosas empezó a contagiarme. No porque alguien me obligara, sino porque comencé a notar cómo cambia el ambiente cuando una casa está ordenada. Se siente diferente. Más tranquila. Más ligera. Hasta da gusto estar en ella.

No voy a mentir. Sigo siendo mucho más desordenado que ella.

Pero ahora soy consciente de ello.

Hoy procuro guardar las cosas donde van, dedicar unos minutos a acomodar lo que quedó fuera de lugar o, en el peor de los casos, simplemente evitar crear más desorden del necesario. Puede parecer poca cosa, pero para mí ha sido un cambio importante.

Y hubo un momento muy curioso durante la pandemia.

Como muchos, pasé más tiempo en casa del que jamás imaginé. Un día, casi por casualidad, terminé lavando los trastes. Lo hice sin ninguna prisa, simplemente porque había que hacerlo.

Y me sorprendió lo que sentí.

Conforme desaparecían los platos sucios del fregadero y todo volvía a quedar limpio y acomodado, experimenté una extraña sensación de tranquilidad. Era como si no solo estuviera ordenando la cocina, sino también una pequeña parte de mi mente.

Nunca pensé que algo tan cotidiano pudiera resultar relajante.

Desde entonces entendí por qué muchas personas encuentran satisfacción en hacer tareas domésticas sencillas. Doblar la ropa, barrer, acomodar un escritorio o lavar los trastes no son únicamente actividades de limpieza. De alguna manera también ponen orden en nosotros.

Vivimos rodeados de pendientes, notificaciones, prisas y preocupaciones. Quizá por eso llegar a una casa limpia produce una sensación difícil de explicar. Es como si el entorno nos invitara a bajar un poco las revoluciones.

No estoy diciendo que una casa tenga que parecer de revista.

Tampoco que todo deba estar impecable las veinticuatro horas del día.

La vida pasa, trabajamos, tenemos hijos o simplemente días en los que no alcanza el tiempo.

Pero creo que vale la pena hacer un pequeño esfuerzo por mantener cierto orden.

Hoy entiendo que no era una simple manía de mi esposa.

Era un hábito saludable.

Uno que nunca valoré lo suficiente hasta que empecé a experimentar sus beneficios.

Y curiosamente, algo tan sencillo como guardar la ropa, tender la cama o lavar los trastes terminó enseñándome que el orden no solo transforma los espacios.

También puede darle un poco más de paz a la mente.

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