Nos han enseñado a cuidar el corazón, la presión, el colesterol. A tomar vitaminas y hacernos chequeos médicos. Pero durante mucho tiempo, dejamos fuera de esa ecuación algo esencial: la mente. Y lo cierto es que la salud mental también se previene, y las señales de alarma no siempre son gritos, a veces, son susurros que ignoramos.
A todos nos ha pasado, días en que el cuerpo está presente pero la cabeza no. Nos cuesta concentrarnos, todo molesta, las ganas y la motivación se esfuma. Pensamos que es estrés, que “ya se pasará”. Pero ¿qué pasa cuando no se pasa? Cuando las cosas que antes disfrutabas ya no te emocionan, cuando el cansancio mental se convierte en una constante, o cuando dejas de reconocerte a ti mismo. Lo peor de todo es que, en muchos casos, seguimos funcionando. Vamos a trabajar, sonreímos, cumplimos con todo… pero por dentro algo se apaga poco a poco.
Es fácil pensar que solo necesitamos “descansar”, “dormir mejor” o “ponerle ganas”. Pero la mente no funciona con recetas rápidas ni con frases hechas. Requiere atención, cuidado y, sobre todo, honestidad. En mi caso, entendí que hablar de salud mental no es hablar de debilidad, sino de valentía. Que reconocer que algo no está bien no te hace menos fuerte, te hace más humano.
Ir a terapia no es un acto de magia ni una varita que borra los problemas. Es, simplemente, un espacio para entender lo que sentimos y aprender a expresarlo sin miedo. Al hacerlo, muchas veces descubrimos que detrás de la ansiedad o la tristeza no hay un enemigo externo, sino emociones acumuladas, heridas no atendidas o exigencias que nos hemos impuesto sin darnos cuenta.
En terapia uno no va a culpar a los demás, sino a entenderse a uno mismo. Yo nunca me he sentido cómodo con el papel de víctima, me parece que es quedarse detenido en el punto más doloroso de la historia. Y si algo aprendí en mi proceso es que la única manera de avanzar es asumir responsabilidad sobre nuestra propia vida.
Hablar con un terapeuta no significa estar roto, significa estar dispuesto a conocerse. Significa abrir una ventana para que entre aire nuevo. Haber ido a terapia ha sido una de las decisiones más enriquecedoras que he tomado. Me ayudó a ver con claridad patrones que repetía sin notarlo, a soltar cargas que no me correspondían, y a entender que pedir ayuda no es rendirse, es elegir seguir creciendo. Con el tiempo, te das cuenta de que lo más difícil no fue empezar, sino haber pasado tanto tiempo creyendo que no la necesitabas. Que eso era solo para “locos”.

También he visto cómo cambia el entorno cuando alguien se atreve a hablar. A veces basta que una persona diga “no me siento bien” para que otros empiecen a abrirse también. Todos cargamos algo, estrés, culpa, miedo, duelos no resueltos. Pero no todos tenemos las herramientas para enfrentarlo. Por eso, ir a terapia no solo es un acto de amor propio, sino también un acto de responsabilidad hacia los que te rodean. Porque cuando tú sanas, tu entorno también se equilibra. Cuando aprendes a comunicar sin herir, cuando entiendes tus emociones y tus límites, todo lo que te rodea empieza a mejorar.
Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada ocho personas en el mundo vive con algún trastorno mental, y la mayoría no recibe atención. No por falta de recursos, sino por miedo o desconocimiento. Y esa cifra no son solo estadísticas: son amigos, compañeros de trabajo, familiares… gente que, quizá sin decirlo, está librando batallas silenciosas.
Por eso hablar del tema importa. Porque si el cuerpo grita lo que la mente calla, el silencio puede volverse insoportable. Cuidar la salud mental es tan vital como cuidar el corazón o la presión. No se trata de estar feliz todo el tiempo, sino de estar en paz, de conocerse, de saber cuándo algo no anda bien y tener el valor de buscar ayuda. Al final, la mente también necesita mantenimiento, descanso y comprensión. Y escucharse —realmente escucharse— puede ser el primer paso hacia una vida más equilibrada, más consciente y, sobre todo, más plena.
Porque cuando uno aprende a cuidar lo que piensa y lo que siente, empieza a vivir con más claridad.
Y esa, aunque pocos lo digan, es una de las formas más profundas de cuidar la salud.