Lo que comes también se nota en lo que sientes

No hace falta ser especialista en nutrición para notar que hay días en los que lo que comiste pesa más allá del estómago. A mí me pasa cuando como apurado, con culpa, con ansiedad o simplemente por antojo. Si caigo en la comida procesada, con exceso de azúcar o si me salto una comida por andar a las carreras, lo resiento en todo y todo el día. Y ni hablar de cuando me doy un atracón después de las 8 de la noche. No solo me baja la energía; cambia mi humor. Me irrito con facilidad, me cuesta concentrarme, duermo mal. Y entonces lo pienso… ¿será que también comemos con la mente?

Muy pocas veces nos han hablado del impacto que tiene la comida en cómo pensamos, en cómo sentimos. Y eso, según estudios de Harvard Medical School, ya no es una corazonada, es ciencia. Comer una dieta rica en frutas, verduras, grasas saludables y granos integrales está directamente relacionado con un menor riesgo de depresión y ansiedad.

Yo lo veo como si el cerebro y el estómago tuvieran una conversación constante. Y de hecho, así es. La comunidad médica, incluyendo instituciones como Johns Hopkins Medicine, ha explicado que existe un eje intestino-cerebro, una conexión física y bioquímica entre el sistema digestivo y el nervioso. Por eso no es casualidad que muchas veces, cuando estamos ansiosos, se nos cierre el apetito o tengamos malestares estomacales. O que al revés, cuando comemos mal, la mente también se nos nuble.

Es más, el intestino se ha ganado el nombre de “segundo cerebro”, porque produce neurotransmisores clave como la serotonina, que regula el estado de ánimo. Y para que esa producción funcione bien, necesitamos ciertos nutrientes: omega-3, vitaminas del grupo B, triptófano (5HTP), magnesio. La Organización Mundial de la Salud y los National Institutes of Health coinciden en que sin esos elementos, es más difícil mantener un equilibrio emocional.

Y lo contrario también aplica. Cuando la dieta está cargada de ultraprocesados, azúcares y grasas trans, el cuerpo se inflama, y esa inflamación también llega al cerebro. Un estudio del British Journal of Psychiatry encontró una relación directa entre una dieta pobre y un mayor riesgo de trastornos del estado de ánimo. No es drama, es biología.

Con el tiempo, he aprendido a observarme. A notar que hay alimentos que me dan claridad, ligereza, enfoque. Y otros que me desenfocan, me alteran o me de plano me tumban. No digo que todo se resuelva comiendo bien, pero sí creo que lo que ponemos en el plato es parte del rompecabezas. Comer también es una forma de cuidarnos, no solo físicamente, sino emocionalmente.

A mi edad, he comprendido que los lácteos ya no son mis amigos. Puedo decir que los disfruté… pero ahora me producen malestar estomacal y una sensación de aletargamiento que puede durarme entre 8 y 12 horas. Así que sí, he tenido que aprender a vivir sin queso, sin leche y —aunque me duela admitirlo— sin helado. Poco a poco.

Otra cosa que hago invariablemente es incluir fibra en mi alimentación diaria. No siempre fue fácil. Los cereales altos en fibra me parecían un martirio. Pero recientemente encontré un suplemento que se mezcla perfecto con el café, y desde entonces mi digestión —y mi ánimo— han mejorado. Ese tipo de “descubrimientos” no se platican mucho, pero hacen diferencia.

Close-up of crispy french fries and a juicy burger on a white background.

También me ha pasado con la comida rápida. Hay productos que me siguen gustando, pero mi cuerpo ya no los tolera como antes. Me causan malestar casi inmediato. Y me digo a mí mismo con algo de humor: “Bueno, quizás ya me comí todas las Big Macs que me debía de haber comido”.

Y si lo pensamos bien, cada decisión alimenticia es también una declaración sobre el tipo de vida que queremos llevar. Porque lo que comemos no solo se nota en el cuerpo, también se nota en la mente, en el ánimo… en lo que somos.

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