Hace unos días escuché una frase que me quedó en la cabeza: “No siempre es lo que pasa, sino cómo lo percibes”. Y pensé en eso justo cuando me puse a leer sobre el cortisol, esa hormona del estrés que algunos llaman el enemigo silencioso de la felicidad. El cortisol no es malo por sí mismo; de hecho, es esencial para nuestra supervivencia. Se libera cuando enfrentamos una amenaza —real o imaginada— para prepararnos a reaccionar, regular el azúcar en sangre y mantenernos alertas. Pero el problema aparece cuando el estrés deja de ser pasajero y se vuelve crónico, manteniendo al cuerpo en modo de alerta constante.
La psiquiatra española Marian Rojas Estapé ha explicado en múltiples ocasiones que el cortisol es una hormona vital, pero en exceso se convierte en un veneno que intoxica el cuerpo y la mente. En sus conferencias y libros, señala que vivimos con la mente puesta en el pasado o en el futuro, lo que genera ansiedad constante. Ese pensamiento repetitivo —rumiar lo que no hicimos o anticipar lo que podría salir mal— hace que nuestro cerebro interprete todo como amenaza, liberando cortisol de forma prolongada.
Según la Clínica Mayo, niveles elevados de cortisol sostenidos en el tiempo pueden afectar el sistema inmune, elevar la presión arterial, alterar el sueño, aumentar el apetito y favorecer la acumulación de grasa abdominal. Además, se ha vinculado con dificultades para concentrarse, pérdida de memoria y cambios de ánimo. El doctor Herbert Benson, de la Facultad de Medicina de Harvard, añadió que la activación constante del sistema simpático por estrés no resuelto puede llevar a enfermedades cardiovasculares y trastornos metabólicos.
Los síntomas más comunes de un desbalance crónico incluyen cansancio persistente, ansiedad, irritabilidad, insomnio, hipertensión, y en casos más severos, depresión o inmunosupresión. En otras palabras, vivir con un exceso de cortisol es vivir en guerra constante con uno mismo. Y lo peor; muchas veces ni siquiera lo sabemos.
¿Y qué se puede hacer? Según la doctora Rojas Estapé, el primer paso es hacerse consciente del ritmo que llevamos. Dormir bien, mantener horarios fijos, reducir el uso de pantallas antes de dormir, caminar al aire libre, rodearse de personas que sumen, y aprender a respirar de forma profunda y lenta, pueden ayudar al sistema nervioso a volver al equilibrio. Coincide con esto la Asociación Americana de Psicología, que recomienda la meditación, el ejercicio físico moderado y la conexión social como pilares para reducir el estrés tóxico.
También es importante saber cuándo pedir ayuda. Si el estrés empieza a afectar funciones básicas —como dormir, comer o relacionarse—, es momento de consultar a un profesional. No se trata de eliminar el estrés por completo, sino de enseñarle al cuerpo que no todo es una emergencia.
El cortisol no es el enemigo, es el mensajero. El problema es vivir permanentemente en modo alerta. La felicidad, muchas veces, comienza con una pausa.