No sé tú, pero yo empiezo mis mañanas con una taza de café. A veces una, otras dos… y en días con más carga (o más inspiración), pueden ser tres. Pero eso sí, con reglas claras: nada de azúcar ni saborizantes raros. Solo crema half & half —porque mi digestión y la lactosa no son precisamente amigos— y cero café después de las 2 de la tarde, si quiero dormir como cristiano civilizado.
Con el tiempo entendí que más allá de la cafeína, el café es un ritual. Es una pausa entre el mundo y el inicio de mis pendientes. Una forma de ponerle orden al día, de sentarme cinco minutos conmigo mismo, y a veces también de saborear el silencio.
Me ayuda a concentrarme. A escribir. A trabajar. A vivir un poco mejor, si te soy sincero. Hay algo en esa primera taza de la mañana que parece decirme: “Vamos, sí se puede”.
Pero también aprendí que, como todo lo bueno, el café tiene su truco. Porque sí, es delicioso, pero hay que saber cuándo parar. Según la Mayo Clinic, hasta 400 mg de cafeína al día es un límite seguro para la mayoría de los adultos —eso son unas 3 a 4 tazas, dependiendo del tipo de café—. Pero no es solo cuestión de números. Es cuestión de observarte. Si empiezas a sentirte ansioso, si no puedes dormir bien, si el estómago se queja, tal vez tu cuerpo ya está pidiendo una pausa.
Y luego está la parte más complicada del café; resistirse al pan o a las galletas que lo acompañan. Ahí es donde se pone buena la cosa. Porque el café, como compañero, es generoso. Te hace pensar que un panecito de dulce está bien. Que una galletita no cuenta. Pero sí cuenta. Vaya que cuenta.
Ese, para mí, es el verdadero reto; disfrutar del café sin convertirlo en la excusa perfecta para sabotear la alimentación. Porque si no tienes cuidado, la taza termina siendo el primer paso a una cadena de “pues ya ni modo” que dura todo el día.
¿Y entonces qué? ¿Dejar el café? Jamás. Pero tomarlo con más conciencia, sí. Apreciar su sabor, su aroma, su compañía, sin necesidad de endulzarlo con culpa. Entender que no es solo una bebida, sino un momento. Y como todo momento, puedes decidir cómo vivirlo.
Hay quienes lo toman por hábito, otros por necesidad. Yo lo tomo por gusto. Porque me ayuda a centrarme. Porque me reconforta. Porque me recuerda que hay placeres sencillos que, bien llevados, hacen que la vida se sienta más llevadera.
Y tal vez no resuelva todo, pero mientras tenga café, tengo con qué empezar.