Lo que un líder puede cambiar en tu historia

Estar en el mercado laboral por más de treinta años te da la oportunidad de cruzarte con todo tipo de personas: compañeros entrañables, jefes ausentes, líderes inspiradores, otros más que apenas recuerdas. A estas alturas, uno ya desarrolla cierto “colmillo” que permite, después de unas cuantas interacciones, saber con qué tipo de persona estás tratando. Y aún así, de vez en cuando, la vida te sorprende.

En esta etapa de mi vida profesional —cuando la experiencia pesa tanto como las canas— tuve la suerte de coincidir con un líder que cambió mi forma de ver el trabajo en equipo. Lo curioso es que él es bastante más joven que yo; alguna vez bromeamos con que mi edad estaba más cerca de la de sus padres que de la suya. Aun así, desde el primer día hubo conexión, entendimiento, sinergia. Ambos nacimos en el estado de Chihuahua, tierra fronteriza de gente firme, donde el corrido popular nos recuerda que somos “valientes, nobles y leales”. Esa raíz compartida —entre Ciudad Juárez y El Paso— quizá explica en parte esa conexión natural, esa forma de entendernos sin muchas palabras. Y si alguien encarna ese lema en la vida laboral, con hechos y no discursos, es Luis Rivera.

No fue solo su origen el que nos unió. Fue también el contexto; en plena pandemia, cuando muchos apenas entendíamos cómo prender la cámara del Zoom, cuando la rutina se volvió incierta y las pérdidas tocaron la puerta de muchos hogares, nos tocó construir un equipo desde cero, a distancia, con miedo, pero con voluntad. Y Luis nos guió.

No con discursos vacíos ni imposiciones, sino con presencia, con palabra, con espiritualidad. De hecho, su manera de mostrarse como un ser humano completo —no solo como jefe— fue lo que nos sostuvo a muchos. En los días más duros, cuando algunos perdimos seres queridos, su empatía no fue solo un mensaje genérico. Fue un acompañamiento real.

Que no se malentienda; cuando hubo que llamar la atención, lo hizo. Y cuando mis ideas eran diferentes, también se dijo. Pero eso, lejos de enturbiar la relación, la hizo más auténtica. Más humana. El respeto, cuando es mutuo, fortalece.

Recuerdo especialmente un día, cuando todo el equipo andaba desanimado, desorientado. Luis nos convocó, cada quien desde su casa, y durante una hora simplemente escuchamos un audiolibro: Rejection Proof, de Jia Jiang. Era mi primer acercamiento a ese formato, y también mi primera vez tomando una hora laboral para desconectarme del caos y centrarme en aprender algo nuevo. 

Esa hora de paz, de enfoque, de escucha, marcó algo en todos. Rejection Proof no es solo un libro sobre cómo soportar el “no” —es un recordatorio de que la vida está llena de rechazos, pero también de segundas oportunidades. Y fue Luis quien nos puso esa herramienta en las manos, justo cuando más lo necesitábamos.

No fue casualidad. Yo creo firmemente que ni una hoja de árbol se mueve sin la voluntad de Dios. Y así como hay personas que llegan a nuestra vida solo de paso, hay otras que lo hacen con un propósito. Luis fue eso; un recordatorio de que el liderazgo no está en la jerarquía, sino en la capacidad de ver al otro, de guiar sin aplastar, de inspirar sin imponer.

Luis nos regaló ese aprendizaje cuando más lo necesitábamos. Cuando las emociones estaban al límite, cuando muchos sentíamos que no podíamos más. Nos recordó que sí, el rechazo duele, pero también enseña. Que no hay crecimiento sin vulnerabilidad. Que enfrentar el miedo puede abrir caminos que nunca imaginamos.

Ese gesto, ese día, ese libro… marcaron algo. Y no exagero al decir que fuimos un equipo que terminó dejando huella en una empresa nacional. Durante una visita de un alto ejecutivo al ver que yo pertenecía al equipo 30, me saludó con una sonrisa y dijo: “Ah, el 30… los conozco. Gracias por el buen trabajo”. Se que detrás de ese reconocimiento, hubo mucho más que resultados. Hubo conexión, escucha, humanidad. Y eso, en un mundo laboral tan lleno de métricas, evaluaciones y correos sin alma, vale más que cualquier KPI.

Muchos de nosotros seguimos en contacto. Muchos seguimos aplicando las enseñanzas que compartimos en ese espacio. Y todos, sin excepción, seguimos reconociendo lo que Luis hizo por nosotros.

Su estilo de comunicación abierta, su humanidad, su liderazgo tranquilo pero firme, nos impulsaron a muchos. Si nos pasara factura por las horas de terapia que nos ahorró, ya le deberíamos bastante. Y si algo me queda claro, es que ese encuentro no fue casualidad.

Luis no es mi jefe actualmente, pero su huella quedó. Su forma de liderar nos cambió. Y si algún día alguien me pregunta cómo debe ser un verdadero líder, no dudaré en responder: como él.

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