Como aficionado al fútbol, siempre me he considerado un privilegiado. Tuve la oportunidad de ver jugar a Pelé en la última etapa de su carrera, disfruté la magia de Diego Armando Maradona y fui testigo de muchas otras figuras extraordinarias. Pero si hay un futbolista al que pude seguir prácticamente desde el principio hasta el final de su trayectoria con la selección nacional, ese fue Lionel Messi.
Y vaya que fue un privilegio.
Hace unos días vi un video de despedida de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) que me hizo reflexionar sobre algo que va mucho más allá de los goles, las gambetas y los campeonatos.
El mensaje era muy sencillo: gracias por habernos hecho mejores.
Me pareció una manera extraordinaria de despedir a un futbolista.
Mejores nietos, por aquel niño que levantaba los brazos y señalaba al cielo después de marcar un gol, dedicándoselo a su abuela. Mejores personas, por enseñarnos que los sueños no siempre se cumplen a la primera. Mejores luchadores, por recordarnos que una derrota no significa que debamos dejar de intentarlo.
Porque si algo tuvo Messi, además de un talento que pocas veces hemos visto sobre una cancha, fue perseverancia.
Su historia con Argentina comenzó en 2005, con una expulsión apenas unos segundos después de ingresar al campo frente a Hungría. Difícil imaginar que aquel muchacho terminaría convirtiéndose en el máximo goleador y el jugador con más partidos en la historia de su selección.
Según las estadísticas de la FIFA, Messi se despide después de 208 encuentros internacionales y 126 goles. Disputó seis Copas del Mundo, ganó dos Copas América, una Finalissima y levantó el trofeo más importante de todos en Qatar 2022. También conquistó el Mundial Sub-20 de 2005 y la medalla de oro olímpica en Beijing 2008.
Son números impresionantes, pero para quienes disfrutamos el fútbol hay cosas que ninguna estadística puede explicar.
¿Cómo contabilizar una gambeta que dejó sentados a tres defensores? ¿Cuánto vale un pase que nadie más había imaginado? ¿Cómo medir esa sensación de saber que algo extraordinario podía ocurrir cada vez que Messi recibía el balón o tiraba a puerta?
Y, sin embargo, durante años hubo quienes lo cuestionaron porque no conseguía ganar un título importante con Argentina.
Perdió finales, recibió críticas y hasta llegó a anunciar una primera despedida de la selección en 2016. Pero regresó, siguió intentando y terminó levantando la Copa del Mundo.
Como todo triunfador, también tuvo sus detractores. Algunos seguramente por cuestiones futbolísticas, porque en este deporte siempre existirán preferencias y rivalidades. Pero también están quienes parecen incapaces de reconocer los méritos ajenos.
Y es que hay personas que no perdonan dos cosas: la felicidad y el éxito de los demás.
Afortunadamente, el fútbol termina poniendo muchas cosas en su lugar.
El pasado 6 de octubre, Messi jugó por última vez con la camiseta argentina. Lo hizo en el Monumental, ante más de 85 mil aficionados, marcando un gol y participando con dos asistencias en la victoria sobre Benín. Una despedida que parecía escrita para él.
Tengo la impresión de que todavía pasarán muchos años antes de que dimensionemos completamente lo que significó su carrera.
Seguramente continuaremos discutiendo quién fue mejor: Pelé, Maradona o Messi. Es una conversación que forma parte de la esencia del fútbol y que probablemente nunca tendrá una respuesta definitiva.
Pero yo me quedo con algo mucho más sencillo.
Vi jugar a los tres. A uno en el ocaso de su carrera, a otro en sus años de gloria y a Messi durante prácticamente toda su historia.
Lo vi crecer, equivocarse, perder, levantarse y finalmente alcanzar aquello que tanto había buscado.
Y ahora que se despide de su selección, entiendo mejor el mensaje de aquel video.
“Gracias, Messi, por los goles, por las tardes de fútbol, por las emociones y, sobre todo, por recordarnos que incluso los más grandes tienen que aprender a levantarse después de una derrota”.
Porque los campeonatos se celebran, los récords algún día se rompen y las generaciones cambian.
Pero quienes tuvimos el privilegio de verte jugar siempre podremos decir, con una enorme sonrisa: yo vi jugar a Lionel Messi.