Dicen que la ansiedad es la alarma de incendios del cerebro… solo que a veces suena aunque no haya humo, ni fuego, ni siquiera una vela encendida. Y sin embargo, ahí estamos, corriendo en pijamas por la casa mental, buscando un extintor invisible para apagar algo que ni siquiera sabemos si existe.
Yo la conozco muy bien. Para mí, la ansiedad suele aparecer a las 2:37 am, más o menos. Me despierta con esa sensación de que algo va a pasar. No sé qué. No sé cuándo. Solo sé que mi cerebro me grita:
—¡Algo va a pasar! —¿Qué? —le pregunto. —¡No sé! —responde. —¿Cuándo? —¡¡Tampoco sé… pero va a pasar algo!! ¡Algo grande! —¿Qué hago? —¡No sé! ¡Pero muévete cabrón! —¿Me levanto? —¡No sé! —¿Muevo las piernas? —¡Tampoco sé!
Y ahí estoy yo, en plena madrugada, discutiendo con un sistema de alarma interno que ni siquiera trae instrucciones. Pero como bien explica Jordan Peterson, la ansiedad no es el enemigo, es una señal de nuestro sistema más profundo de que hay algo que no estamos enfrentando, algo desordenado, algo que aún no tiene nombre.
Peterson sostiene que la vida está hecha de una tensión constante entre orden y caos. El orden representa lo que conocemos, lo que controlamos, nuestras rutinas, nuestras certezas. El caos es todo lo que está por fuera, lo incierto, lo amenazante, lo que aún no entendemos. La ansiedad aparece justo cuando sentimos que el caos empieza a colarse por las grietas del orden. Y todos —todos— tenemos grietas.
La buena noticia es que no se trata de eliminar el caos (eso es imposible), sino de aprender a vivir en equilibrio. El camino está en asumir pequeñas responsabilidades, dice Peterson, para darle estructura al mundo que nos rodea. “Ordena tu cuarto antes de criticar el mundo”, es una de sus frases más repetidas, y aunque parece simple, tiene una profundidad brutal. No porque tu cuarto sea el problema, sino porque empezar por lo que sí puedes controlar te da el primer paso para enfrentar lo que no.
En mi caso, cuando mi cerebro empieza con sus gritos nocturnos, aprendí a hacer algo muy básico: respiro. No para calmarlo a la fuerza, sino para darle espacio a mi parte lógica. Le dejo hablar.
Y esa parte me recuerda algo crucial: el 95 % de las cosas malas que imaginamos nunca pasan. (Sí, hay estudios que lo respaldan, como los de Harvard Health y la National Science Foundation, que muestran que la mayoría de nuestros pensamientos ansiosos no se convierten en realidad).

Lo que sí es real, en cambio, son los detonantes que agravan esa sensación de amenaza: el exceso de cafeína, el alcohol, la falta de sueño, las drogas —legales o no—, incluso ciertos alimentos procesados pueden alterar nuestro equilibrio químico.
Jordan Peterson explica que cuando no enfrentamos lo que tememos, ese temor se hace más grande. Lo desconocido nos abruma precisamente porque no lo nombramos. Y al no nombrarlo, se queda en la sombra, deformado, poderoso. Por eso, verbalizar lo que sentimos ya es un acto de valor. Y eso incluye reconocer: “Sí, tengo ansiedad. Y no me define, pero tampoco la voy a ignorar.”
Además, aprendí que como dice mi papá, “lo que no se ventila, se pudre”. Y muchas veces la ansiedad es eso, acumulación de emociones, de temas sin resolver, de decisiones pospuestas, de “verdades” que uno evita ver.
Por eso, más allá de filosofar sobre el caos, empecé a hacer una lista de pequeñas cosas que sí puedo controlar:
- Dormir lo mejor posible.
- Cuidar lo que como y bebo.
- No abusar del café (ni tocarlo después de las 2 pm).
- Respirar cuando siento el “¡algo va a pasar!”.
- Hablarlo. Con alguien. Conmigo. Pero no callarlo.
La ansiedad no es una falla del sistema, es parte del sistema. El problema es cuando dejamos que tome el volante. Hay días donde lo hace, pero hay otros en los que la parte lógica y consciente toma el control, le habla con firmeza y le recuerda: “estás a salvo, aquí y ahora”.
Y en ese pequeño diálogo interno, en ese espacio entre el caos y el orden, está el verdadero trabajo, no negar lo que sentimos, pero tampoco rendirnos ante ello.
Porque sí, la ansiedad está ahí. Pero también está tu capacidad de nombrarla, enfrentarla… y seguir avanzando.