“Cuando te comparas, ya perdiste”; una historia sobre autoestima en tiempos de apariencias

Era una tarde cualquiera en Chihuahua, de esas en las que la comida ya se enfrió y el plato sigue sobre la mesa porque la plática se puso buena. Yo tendría unos 13 años, recuerdo que le conté a mi papá que había llegado un portero en mi equipo que era más alto, más flaco, más fuerte… y pensé que por eso era mejor que yo. Lo dije con esa mezcla de frustración y resignación que solo se tiene a esa edad, cuando uno empieza a verse pequeño frente al mundo.

Él me escuchó en silencio, me miró fijo a los ojos y me soltó una frase que se me quedó grabada desde entonces. En el momento en que te comparas con alguien… ya perdiste.

Me cayó como balde de agua fría. No porque de pronto dejara de hacerlo —uno sigue cayendo en la trampa muchas veces más—, sino porque esa frase se convirtió en una especie de ancla en mi vida. 

Cada vez que me descubro midiendo mi valor con la vara de otro, vuelvo a esa frase de mi padre. Me recuerda que compararse no es crecer, es perderse de vista a uno mismo.

Y ahora que somos adultos, esa comparación no se da solo en la cancha ni en la escuela. Se da con cada “scroll” en redes sociales. Se da cuando ves esa persona que lleva in vida “fit”, esa pareja feliz, ese viaje soñado. Todo parece tan alcanzable… pero no tuyo.

Hace poco tuve la oportunidad de escuchar una charla del emprendedor y conferencista Jimmy Naraine, quien habló de este fenómeno con una claridad brutal.

“La comparación es el ladrón silencioso de la felicidad”, dijo. Y tiene razón.

No se trata solo de lo que ves, sino de lo que sientes al verlo. De ese pensamiento rápido pero punzante: “yo no tengo eso”“yo no me veo as픓yo no estoy logrando eso”. Y ahí, justo ahí, empieza la grieta.

Porque lo que se muestra en redes casi nunca es toda la historia. Es una versión editada, recortada, adornada. Y sin embargo, la consumimos como si fuera verdad absoluta. Como si esa fuera la vara para medir nuestro valor.

Naraine propone algo muy sencillo, pero poderoso: compárate con tu versión de ayer, no con la de otros.

Y aunque suene a frase motivacional de taza de café, tiene mucho sentido. Porque cuando empiezas a notar tus propios avances —levantarte más temprano, comer mejor, cumplir lo que te prometiste—, empiezas también a sentirte diferente. Más firme. Más tú.

Él insiste mucho en el poder de las pequeñas promesas cumplidas. No necesitas cambiar el mundo. Basta con que cumplas contigo mismo. Porque cada vez que lo haces, refuerzas ese mensaje interno, “soy confiable”.

Y eso vale más que mil “likes”.

También aprendí que la autoestima se nutre del entorno. No florece igual si estás rodeado de gente que te hace sentir pequeño, invisible o insuficiente. Jimmy lo dice claro, aléjate de lo tóxico, rodéate de personas que te eleven. La autoestima es personal, pero también social.

Y ojo; no se trata de caer en el narcisismo o en una versión edulcorada del amor propio. Se trata de hablarte con compasión. De saber que, incluso cuando no llegas, cuando te equivocas, cuando no das el ancho… sigues valiendo.

Hoy las redes no van a desaparecer. Pero sí podemos usarlas con más conciencia. Recordar que no todo lo que brilla ahí es oro. Que nuestra historia no necesita validación externa. Que lo importante no es impresionar, sino construir.

Y si alguna vez lo olvidas, vuelve a esa sobremesa. A ese momento en el que un padre le dice a su hijo: “En el momento en que te comparas con alguien, ya perdiste.”

Porque conocerte, respetarte y tratarte con amabilidad… en estos tiempos, no solo es un acto de amor propio.

También es una forma de resistencia.

Leave a Comment