Desde pequeño recuerdo que los domingos tenían un ritual especial: esperaba con ansias la sección de caricaturas del periódico. Esa fue mi primera lectura. Con los años, lo que comenzó como una curiosidad infantil se convirtió en un hábito que me ha acompañado siempre. No todos los días con la disciplina que quisiera, pero siempre con la convicción de que leer es una manera de crecer.
Dicen que leer es como ir al gimnasio de la mente, y no exageran. La ciencia lo respalda. De acuerdo con un estudio publicado en la revista Neurology, quienes leen con frecuencia tienen entre un 46 % y un 54 % menos probabilidad de sufrir deterioro cognitivo al envejecer. Es decir, mantener la mente ocupada con letras fortalece la memoria, la atención y la capacidad de resolver problemas.
Leer también es medicina contra el estrés. Según Harvard Health Publishing, dedicar tan solo veinte minutos diarios a una lectura placentera ayuda a reducir la ansiedad y mejora la calidad del sueño. Y lo digo por experiencia: hay mañanas pesadas en las que unas páginas me devuelven claridad y calma, como si las palabras redistribuyeran el peso de la jornada.
Otra cosa que pocas veces se menciona es que leer nos enseña a escuchar mejor. La American Library Association ha señalado que quienes leen con frecuencia no solo amplían vocabulario, también desarrollan mayor empatía. Y es cierto: leer te pone frente a vidas y realidades distintas, haciéndote más consciente de lo que vive el otro.
No se trata de devorar libros sin parar, sino de cultivar un hábito. Un cuento corto, un artículo bien escrito, unas páginas de novela. Lo importante no es la cantidad, sino la constancia. Y con el tiempo, uno descubre que mientras más se lee, más conexiones hace la mente y más balance encuentra el corazón.

Quiero detenerme un poco más en un libro que para mí es fundamental: Los Cuatro Acuerdos, de Don Miguel Ruiz. Son menos de 100 páginas, pero su fuerza está en la sencillez. No es un tratado académico ni un manual complicado; es más bien un recordatorio de cosas que, en teoría, todos sabemos… pero que en la práctica se nos olvidan.
El primer acuerdo es sé impecable con tus palabras. Parece obvio, pero ¿cuántas veces hablamos sin medir el peso de lo que decimos? Ruiz explica que las palabras pueden ser semillas que construyen o veneno que destruye. Recordarlo es entender que la comunicación no es un acto mecánico, es una responsabilidad.
El segundo, no te tomes nada personal, también parece de sentido común. Pero la vida nos demuestra lo contrario: muchas veces cargamos con comentarios, críticas o gestos que ni siquiera tienen que ver con nosotros. Ruiz lo pone claro: lo que otros dicen y hacen es un reflejo de ellos, no de ti.
El tercero, no hagas suposiciones, es quizá el más difícil de aplicar. Tenemos la costumbre de llenar los vacíos de información con lo que creemos, y eso genera malentendidos, conflictos y hasta rupturas. Preguntar y aclarar, en lugar de suponer, puede ahorrarnos más dolores de cabeza de los que imaginamos.
Y el cuarto, haz siempre tu máximo esfuerzo, es el que completa el círculo. No se trata de ser perfecto, sino de dar lo mejor que tengas en cada momento, aunque tu “mejor” de hoy no sea igual al de ayer. Lo importante es la constancia.
Lo poderoso de este libro está en que son principios que ya conocemos, que casi podríamos llamar de sentido común. Pero Ruiz logra presentarlos de forma clara y directa, como un espejo que nos recuerda lo que solemos pasar por alto. Porque en medio de la rutina, del trabajo y de la vida diaria, hace falta que alguien nos diga: “lo simple también importa, y puede cambiar la manera en que vives”.
Por eso digo que no se trata de cuántas páginas tenga un libro, sino de lo que esas páginas logran mover en ti. Y esas 100 páginas, aunque breves, tienen la capacidad de convertirse en brújula para quien se anime a leerlas con apertura.
Leer no es un lujo, es una necesidad. Aporta conocimiento, sí, pero también calma, perspectiva y hasta esperanza. Y lo mejor: está al alcance de todos, basta abrir un libro, una revista, un periódico o incluso un blog.
Yo sigo viendo la lectura como ese espacio personal que comenzó con caricaturas dominicales. Hoy, cada vez que tomo un libro, sé que no solo estoy leyendo: estoy afinando mi mente, cuidando mi salud y recordándome que, en medio del ruido del mundo, siempre se puede encontrar un refugio en las palabras.