Temporada de resfriados y gripes: ¿cómo diferenciar un mal día de algo más serio?

Cada año, conforme bajan las temperaturas, sube la incertidumbre. Empiezan los estornudos, la garganta rasposa, la sensación de cuerpo cortado… y la gran pregunta: ¿es solo un resfriado o hay algo más? En estos días, basta con sentirse mal un par de horas para que la mente empiece a imaginar escenarios, desde una gripe fuerte hasta algo peor. Es completamente normal, especialmente cuando estamos más conscientes que nunca de nuestra salud y de la necesidad de escuchar al cuerpo.

Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), el resfriado común es causado por más de 200 tipos de virus, siendo el rinovirus el más frecuente. A diferencia de la gripe (influenza), que suele llegar con fiebre repentina, escalofríos, dolores musculares y agotamiento intenso, el resfriado se manifiesta de manera más gradual, con síntomas como estornudos, congestión nasal y molestia leve en la garganta. La clave muchas veces está en la intensidad; si puedes seguir con tus actividades (aunque un poco molesto), probablemente es un resfriado; si tu cuerpo te obliga a parar, puede ser influenza.

El problema es que esos primeros síntomas son tan parecidos entre sí que, muchas veces, lo dejamos pasar… o lo sobredimensionamos. Según datos de la Mayo Clinic, la gripe suele desarrollarse en cuestión de horas y puede durar hasta una semana con síntomas intensos, mientras que el resfriado es más leve y tiende a desaparecer en pocos días sin necesidad de tratamiento más allá del descanso, líquidos y algún analgésico de venta libre. La fiebre alta sostenida, el dolor de pecho o la dificultad para respirar son señales de alerta que no deben ignorarse.

Y claro, hay un ingrediente adicional: la ansiedad. A veces un simple malestar nos dispara las alarmas internas porque no queremos enfermarnos, no podemos parar, o simplemente hemos tenido malas experiencias recientes. Esa ansiedad puede intensificar los síntomas percibidos. Sentimos más fatiga, más molestias, más necesidad de respuestas rápidas. Pero el cuerpo también necesita tiempo para procesar, sanar y reajustarse.

Hay formas sencillas de apoyar al sistema inmunológico durante esta temporada. Dormir bien, reducir el estrés, mantener una alimentación rica en vitamina C, zinc y antioxidantes, y, por supuesto, lavarse las manos con frecuencia (ya deberíamos de haber aprendido esto tras la pandemia). El CDC señala que muchas infecciones respiratorias pueden prevenirse con medidas básicas de higiene. Y aunque parezca repetitivo, el descanso sigue siendo una de las estrategias más efectivas para recuperarse a tiempo.

Con el tiempo, uno aprende a distinguir entre molestias pasajeras y señales más serias, pero nunca está de más consultar si algo no mejora o si el cuerpo “se siente raro”. Porque una cosa es no querer exagerar, y otra muy distinta es ignorar lo que claramente pide atención.

Escuchar al cuerpo no es debilidad, es sabiduría. Y en esta temporada, reconocer la diferencia entre un mal día y un problema serio puede marcar la diferencia entre recuperarse pronto… o complicarse más de lo necesario.

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