He pensado durante mucho tiempo en escribir esta nota. No fue algo impulsivo ni reciente; al contrario, ha estado dando vueltas en mi cabeza por años. Y quiero aclararlo desde el principio: mi intención no es influir en tus creencias ni convencer a nadie de nada.
Si alguien quiere catalogar lo que ocurrió como coincidencia, sugestión o incluso como pensamiento mágico —y hasta usar un calificativo más fuerte— no tengo ningún problema con eso.
Cada quien interpreta la vida desde su propio marco de referencia. Yo solo quiero contar lo que viví. Para mí fue un milagro. Si para ti no lo es, está bien.
Hace diez años ocurrió algo histórico: por primera vez un Papa visitaba mi ciudad natal, la región de Ciudad Juárez y El Paso. Pero para entender lo que pasó después necesito retroceder mucho más atrás, a mi infancia.
Crecí muy cercano a la Iglesia católica. Me gustaba participar en las misas dominicales como monaguillo, con esa mezcla de solemnidad y curiosidad que tiene un niño cuando descubre rituales que parecen trascendentes.
Además, tenía el ejemplo constante de mi abuela materna, una mujer extraordinaria cuya fe era tan natural como respirar. Su vida estuvo marcada por dificultades, pero jamás perdió la confianza en Dios ni en la Virgen María; hasta el último momento cargó su cruz con una dignidad que, aún hoy, me impresiona recordar.
También tuve la guía espiritual de un sacerdote muy querido en mi comunidad, el presbítero Enrique López del Río. Era un hombre cercano, humano, profundamente comprometido con su gente.
Recuerdo conversaciones con él sobre la posibilidad de entrar al seminario. En aquel entonces se podía ingresar al terminar la primaria y por un tiempo lo consideré seriamente, pero algo cambió: los requisitos se modificaron y ahora era necesario terminar la secundaria.
Quizá fue una pequeña decepción, quizá simplemente la vida moviendo las piezas, pero ese entusiasmo se fue apagando.
Después nos mudamos de Chihuahua a Ciudad Juárez y todo cambió; el entorno, la comunidad, incluso la experiencia religiosa era distinta. El sacerdote de la nueva parroquia no tenía nada que ver con el padre Enrique y poco a poco me fui alejando de la Iglesia. Creo que, sin darme cuenta, empecé a desarrollar cierto rechazo.
Para cuando llegué a la juventud y al inicio de la vida adulta, mi vínculo con la Iglesia era prácticamente inexistente.
Luego vino mi etapa como periodista y en esos años, cada vez que podía enfatizar algo negativo relacionado con la Iglesia en un encabezado o en una fotografía, lo hacía. Era la época del Papa Benedicto XVI, recuerdo particularmente una imagen donde aparecía usando unos zapatos Prada, y yo —con cierta dosis de sarcasmo y resentimiento— titulé algo haciendo referencia a la película The Devil Wears Prada, volcando ahí todo mi veneno acumulado.
Cuando anunció su dimisión en 2013 también recuerdo mi reacción; dije que parecía la mayor cobardía posible. ¿Cómo renunciar a un encargo prácticamente divino? Lo decía con ironía… y con una extraña satisfacción interna. Así pasé un tiempo.
Hasta que ocurrió algo que nunca esperé. El 13 de marzo de 2013 eligieron a un nuevo Papa. Ese día mi esposa estaba trabajando como maestra sustituta en la escuela donde iban nuestros hijos. Habíamos hecho planes para desayunar juntos en casa, pero mientras yo iba de camino me llamó para decirme que una maestra había tenido una emergencia y necesitaban que la cubriera, así que llegué solo.
Encendí la televisión y estaba Univision transmitiendo en vivo desde el Vaticano; María Antonieta Collins se preparaba para anunciar el resultado del cónclave. Recuerdo perfectamente lo que pensé: “Vamos a ver con qué salen ahora”. Y entonces apareció por primera vez Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco.
Su imagen, su presencia, su manera de hablar, su sencillez… no sé cómo explicarlo de otra forma; me quebró. Sin entender por qué, empecé a llorar. Un llanto profundo, inesperado, imposible de detener. Literalmente caí de rodillas frente al televisor. No estaba rezando. No estaba pensando. Solo estaba… desbordado. Hasta hoy no sé explicar ese momento con lógica, pero sé que algo cambió. Y eso fue solo el inicio de lo que vendría después.
Esta es solo la primera parte de una historia que aún me cuesta explicar. En la siguiente compartiré lo que ocurrió después… y por qué, hasta hoy, lo considero un milagro.