Francisco y yo: cuando la vida se detuvo por un momento

Antes de continuar, quiero reiterar algo que para mí es importante. No escribo esto para convencer a nadie de nada. No busco que alguien adopte mis creencias ni que interprete los hechos como yo los interpreto. Solo intento poner en palabras una experiencia que, hasta hoy, no puedo explicar completamente. Si alguien quiere verlo como coincidencia, sugestión o pensamiento mágico, está bien. Esta es solo mi historia.

El 2016 comenzaba como un año especial para la familia. Nos preparábamos para celebrar la boda de mi hermana menor, Edna, la única hija mujer entre nosotros. Era un acontecimiento importante, de esos que reúnen emociones, recuerdos y expectativas. La boda se realizó en la primera semana de febrero en Tucson, Arizona, y como familia estábamos enfocados en que todo saliera bien.

En paralelo, el evento periodístico más relevante del momento era la visita del Papa Francisco a la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso. Juárez venía de años durísimos, marcada por una violencia que la había colocado entre las ciudades más peligrosas del mundo, mientras que El Paso era conocida por ser una de las más seguras de Estados Unidos, aunque con sus propios desafíos migratorios. Ahí, en esa línea simbólica y real, Francisco llevaría un mensaje de esperanza.

Como periodista, mi interés principal era la cobertura. No quería quedar fuera de un acontecimiento histórico que no solo cubriría el periódico donde trabajaba, sino todo el grupo editorial. Como católico, la visita me llamaba la atención… pero lo periodístico ganaba.

La boda fue un sábado lleno de alegría. Pero justo después, el domingo, comenzaron los problemas. Empecé a presentar evacuaciones con una cantidad importante de sangre. Al principio pensé que podría tratarse de hemorroides o algo pasajero. Sin embargo, los días siguientes la situación empeoró. La sangre no se detenía y, después de ir al baño, sentía una sensación cercana al desmayo. La preocupación empezó a crecer.

El viernes siguiente, mi esposa y yo decidimos consultar a un gastroenterólogo en Ciudad Juárez. Vivir en frontera tiene esas ventajas; acceso relativamente rápido a servicios médicos de buena calidad y a costos más accesibles. Durante la revisión inicial, el médico indicó que era necesario programar una colonoscopia urgente para el día siguiente.

Pero algo no estaba bien. Los síntomas aumentaron, las evacuaciones eran más frecuentes y la pérdida de sangre mayor. Llegué al procedimiento acompañado de mi esposa, pero desde ese momento todo parecía complicarse. Los laxantes de preparación, sumados a la pérdida de sangre, me debilitaban cada vez más. Recuerdo con claridad que el personal tuvo dificultades para encontrar una vena para colocar el suero y la anestesia. El estudio, que estaba programado para las ocho de la mañana, terminó iniciando cerca de las dos de la tarde.

Recuerdo fragmentos de conversaciones médicas, expresiones de preocupación, movimientos rápidos. En algún momento llamaron a mi esposa. Cuando terminó el procedimiento, me llevaron a otro cuarto. La cara de ella lo decía todo antes de que hablara.

“Tienes cáncer”, me dijo. “El doctor no lo trata aquí. Tenemos que ir a otro lado. Ya le hablé a tu papá”.

La palabra cáncer tiene un peso especial. Sabes que el pasillo entre oncología y la morgue es corto. Pero, curiosamente, yo no lo asimilaba. Estaba en una especie de desconexión emocional. El médico explicó que había tomado muestras para laboratorio y determinar la etapa. Recuerdo haberlo mirado y decirle, con cierta rudeza: “Usted no tiene la última palabra”. Él asintió con tranquilidad y me entregó una orden médica; debía acudir de inmediato al Centro Médico para transfundir tres unidades de sangre. Mi hemoglobina estaba en siete.

El hospital quedaba a unas cuadras. Caminamos. En algún momento me separé de mi esposa y avancé solo. Mi cabeza daba vueltas, no sabía qué pensar. Al voltear, vi a mi papá, a mi tío Samuel —quien vive en Houston y no sé cómo estaba ahí—, a mi tía Guadalupe, primos, mi hermano Raúl. Todos en movimiento, todos preocupados. Yo seguía caminando, probablemente en shock.

Intenté alejarme un poco, sin que nadie lo notara. Había un señalamiento de “No estacionarse”. Lo vi… y lo golpeé con el puño cerrado. Fuerte. Tal vez fue rabia, miedo, impotencia. No había nadie en esa calle lateral del hospital, y por eso lo hice ahí.

Después del impacto, una mujer vestida de color morado tomó mi brazo. No pude ver claramente su rostro. Solo recuerdo sus palabras:

“Todo va a estar bien. Dios está contigo”.

No reaccioné de inmediato. Volteé para identificarla… pero no había nadie más en la calle.

Me pareció extraño. Pero, al mismo tiempo, sentí una paz que no puedo describir.

Y ahí entendí que algo estaba pasando… aunque todavía no sabía qué.

No volví a ver a esa mujer. No escuché pasos, no vi hacia dónde se fue. Solo quedó la sensación de calma en medio del caos, como si por unos segundos alguien hubiera detenido el ruido que llevaba en la cabeza. 

En ese momento no lo entendí. No pensé en milagros ni en señales. Solo seguí caminando hacia el hospital, hacia las transfusiones, hacia lo que venía. Pero con el paso de los días —y sobre todo después de lo que ocurrió después— esa escena empezó a cobrar otro significado. 

Porque lo que vino a continuación cambió todo. Y es justamente ahí donde comienza la tercera parte de esta historia.

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