Francisco y yo: una bendición que llegó cuando más la necesitaba

Antes de continuar quiero repetir algo que para mí es importante. No escribo esto para cambiar la forma de pensar de nadie ni para convencer a nadie de creer lo mismo que yo. Solo estoy contando una experiencia profundamente personal que viví y que, hasta hoy, no puedo explicar del todo. Si alguien decide interpretarla de otra forma, está bien. Cada quien tiene su manera de entender la vida, la fe y las coincidencias. Yo simplemente comparto lo que me pasó.

Después de recibir tres unidades de sangre y pasar la noche internado, el domingo por la tarde recibí el alta médica. Esa noche en el hospital estuve bajo el cuidado de mi esposa Verónica y de mi hermano Raúl, quienes se las ingeniaron para estar los dos conmigo en el cuarto. 

Ese mismo día el Papa Francisco había llegado a la Ciudad de México para iniciar su visita pastoral a México. Recuerdo dos momentos de ese primer día que me llamaron mucho la atención mientras veía la cobertura: uno fue una especie de llamado de atención que hizo a la jerarquía de la Iglesia, cuando dijo que entre hermanos podía haber diferencias, incluso discusiones, pero que al final debían tomarse de la mano y pedir perdón juntos ante Dios frente al altar; el otro fue verlo permanecer varios minutos en silencio, orando frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe en la Basílica. 

No era un gesto protocolario, era un momento profundamente humano.

Ese domingo llegué tarde a casa en El Paso. Al día siguiente tocaba quizá lo más difícil de todo; hablar con mis hijos y explicarles lo que estaba pasando. Esperamos a que regresaran de la escuela y les contamos la situación. Su reacción, como era de esperarse, nos rompió el corazón. 

Casi de inmediato se me ocurrió algo sencillo; llevarlos por a tomar una nieve a un centro comercial. Durante todo ese tiempo yo me sentía como en piloto automático, como si estuviera viviendo la vida de alguien más. 

Recuerdo que entramos a una tienda de discos y videojuegos y, al salir, ocurrió algo extraño. No sé si fue una voz o un pensamiento muy claro. Nunca había escuchado algo así, pero el mensaje fue directo: “Si tienes la oportunidad de ver al Papa, él se va a llevar lo que tú tienes”. 

Lo comenté inmediatamente con Verónica, casi como pensando en voz alta: “Si veo al Papa, él se va a llevar lo que tengo”. Ella me miró sorprendida y me dijo: “¿Pero cómo vas a ir así?”. Y tenía razón. Para la cobertura del periódico ya me habían asignado quedarme en El Paso como enlace para los reporteros que cruzarían a Ciudad Juárez, y además todos los eventos públicos llevaban meses agotados.

Apenas terminaba de decir eso cuando sonó mi teléfono. Era un número que no reconocí. Era mi tía Norma (que en paz descanse). Norma no solo es mi tía, también es mi madrina de bautizo. En mi vida he tenido la fortuna de estar rodeado de mujeres extraordinarias: mi abuela, mi mamá, mis tías Chole y Guadalupe, y desde luego Norma. Su voz sonaba alegre cuando contesté. “Juan, tengo un regalo para ti”, me dijo. 

Luego me preguntó si quería ir al encuentro de empresarios con el Papa Francisco porque tenía un boleto. Lo dijo de una forma que sentí como si su voz viniera acompañada de una sonrisa y de un abrazo al mismo tiempo. Después su voz se quebró y añadió: “Sé que lo necesitas”. Acepté de inmediato, todavía incrédulo, igual que Verónica. Tenía apenas el tiempo justo para ir a casa, tomar algo de ropa y cruzar a Ciudad Juárez rumbo a la casa de Norma.

Cuando llegué, me recibió con un abrazo lleno de cariño y de una fortaleza que nunca olvidaré. Dentro de su casa había unas religiosas —creo que venían de San Antonio— que estaban rezando un rosario por mi salud. Me uní a ellas. Después fui a la casa de mi abuela, donde pasaría la noche. 

Mi tío Lalo me abrió la puerta con otro abrazo lleno de ánimo. Escuché a mi abuela rezando en su habitación. Ya estaba en cama, eran cerca de las nueve y media de la noche. Mi abuela Chole tenía problemas de vista y audición, así que había que tocarla para que supiera que uno estaba ahí. Antes de que mi tío la llamara le pedí que no lo hiciera. Me quedé escuchándola. Rezaba el rosario en voz alta, como si alguien más estuviera rezando con ella. 

Después de pedir por mi salud empezó a mencionar a cada uno de sus nietos. Somos más de veinte. Parecía nombrarlos uno por uno en orden de edad. Volteé sorprendido hacia mi tío Lalo y él solo me dijo: “Todos los días reza por todos”. No tuve corazón para interrumpirla. Me acosté en el sillón de la sala para esperar el día siguiente.

Esa noche mis emociones estaban a flor de piel. Recuerdo haber rezado mucho hasta llegar a un punto en el que simplemente le entregué el control a Dios: “Lo que tú decidas está bien, solo ayúdame a pasarlo”. Dormí como nunca en mi vida. Antes de las seis de la mañana crucé la calle para regresar a la casa de Norma. Ahí estaba Eleazar, su esposo —que en paz descanse— con quien siempre tuve una relación muy cercana. Me abrazó fuerte, puso sus manos en mi pecho y me dijo mientras me palmeaba con calma: “Tranquilo, Juan, todo va a estar bien”.

Salimos rumbo a los autobuses que nos llevarían al evento. El ambiente era difícil de describir: desconocidos se saludaban con una sonrisa, había una paz extraña, como si por unas horas todos recordáramos que éramos hermanos. Incluso una señora nos ofreció a Norma y a mí un burrito de frijoles. 

Yo aún tenía miedo de comer algo por la hemorragia, pero no pasó nada y el burrito me supo delicioso. Cuando llegamos al auditorio nos acomodaron en las gradas y entre cantos y rezos esperamos la llegada del Papa. Minutos antes de que entrara, un obispo —creo que de Nuevo León— hizo una oración. 

Fue en ese momento cuando ocurrió algo que jamás podré explicar. Tomado de la mano de Norma y Eleazar sentí una especie de descarga muy fuerte que entró por mi pie izquierdo y recorrió todo mi cuerpo hasta hacerme caer sentado en mi lugar. No sé cómo describirlo. Solo sé que fue algo que nunca he vuelto a sentir.

Luego llegó el Papa y pasó bendiciendo a los miles de asistentes. Aunque sé que bendecía a todos, yo sentí como si esa bendición fuera dirigida especialmente a mí. 

Después del evento salimos rumbo a comer y más tarde regresé a casa en El Paso para descansar. Verónica estaba trabajando en una escuela al este de la ciudad y me llamó para decirme que nuestros hijos Juan y Diego habían ido al Sun Bowl Stadium a pedir por mi salud durante los eventos del Papa. 

Cuando llegué a casa no había nadie. Me recosté en el sillón y me quedé dormido hasta que Verónica llegó. Encendimos el televisor para ver la despedida del Papa desde el aeropuerto de Ciudad Juárez y vimos la transmisión hasta que el avión desapareció en el cielo.

Recuerdo haberle dicho a Verónica que al día siguiente regresaría a trabajar con normalidad. Ese mismo día también estarían listos los resultados del laboratorio. Al principio no pensaba ir por ellos; mi tía Guadalupe y mi hermano Raúl lo harían por mí. Pero al salir del trabajo vi el reloj: faltaban quince minutos para las cuatro. Y volví a escuchar aquella voz. 

Esta vez decía: “¿Por qué tienes miedo? ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”. Sin pensarlo manejé hacia el laboratorio en Ciudad Juárez. Ahí estaban mi tía Guadalupe y Raúl. Abrimos el sobre juntos. Los resultados indicaban tumores negativos a cáncer y posible colitis ulcerosa. 

Raúl y yo lloramos como niños mientras mi tía Guadalupe nos abrazaba. En ese abrazo, por un momento, volvimos a ser pequeños.

Después de ese diagnóstico vinieron tres colonoscopias más. En todas se descartó cáncer y en la tercera, realizada en Estados Unidos, ni siquiera encontraron los tumores. Recuerdo que el médico en El Paso revisaba una y otra vez los estudios y me preguntó si estaba seguro de que los resultados iniciales eran míos. Miró las imágenes de la primera colonoscopia y me dijo que eran de las cosas más horribles que había visto. Luego guardó silencio unos segundos y añadió en inglés: “If you believe in miracles… just go with it.”

Con el paso del tiempo entendí algo que entonces no podía dimensionar. Aquel día en el auditorio no solo estaba frente al Papa Francisco; estaba frente a una experiencia que me cambió por dentro. No fue un momento de espectáculo ni de emoción pasajera. Fue algo más silencioso y más profundo. 

Francisco tenía una manera muy particular de transmitir cercanía, como si su presencia recordara a todos que la fe no es una teoría ni una estructura de poder, sino algo profundamente humano. Para mí, que durante años había mantenido una distancia crítica con la Iglesia, ese momento fue como volver a mirar algo que creía haber dejado atrás. 

No sé si lo que ocurrió aquel día pueda llamarse un milagro, ni siquiera sé si tuvo que ver directamente con el Papa Francisco. Lo que sí sé es que su visita, su mensaje y su forma de vivir el Evangelio movieron algo muy profundo dentro de mí.

Nunca tuve una conversación personal con el Papa Francisco, ni pretendo exagerar lo que ocurrió ese día. Pero sí puedo decir que desde entonces lo siento de una forma distinta. No como una figura lejana o institucional, sino como alguien que, sin saberlo, estuvo presente en uno de los momentos más decisivos de mi vida. 

Cada vez que lo escuchaba hablar sobre misericordia, sobre acompañar al que sufre o sobre la importancia de mirar al otro con compasión, sentía que algo de aquello que viví en Ciudad Juárez volvía a cobrar sentido. 

Más allá de lo que cada quien crea o deje de creer, sigo pensando que su paso por la Iglesia marcó a millones de personas. A mí, al menos, me movió por dentro de una forma que no esperaba.

Y si ese día fue posible, en gran parte se lo debo a dos personas muy especiales: mi tía Norma y Eleazar. Ellos fueron quienes me tomaron de la mano, literalmente, en uno de los momentos más difíciles de mi vida y a la vez el más cercano a Dios. Norma no solo me dio aquel boleto; me dio algo mucho más grande; una oportunidad cuando más la necesitaba. Eleazar, con esa calma que lo caracterizaba, me abrazó y me dijo que todo iba a estar bien cuando ni siquiera yo lo creía. 

Hoy ambos ya no están físicamente con nosotros, y escribir esto inevitablemente me llena de nostalgia, pero también de gratitud. Pienso en ese día y vuelvo a ver sus rostros, su generosidad, su fe sencilla pero firme, y entiendo que lo que hicieron por mí fue mucho más que acompañarme a un evento.

También pienso en mi abuelita Chole, que tampoco está ya entre nosotros. Aquella noche, cuando la escuché rezar por cada uno de sus nietos sin saber que yo estaba ahí escuchándola, comprendí algo sobre el amor silencioso de las abuelas y sobre la fuerza de la oración. 

Su voz rezando en esa habitación es un recuerdo que llevo conmigo hasta hoy. A veces siento que todas esas oraciones, las de ella, las de mi familia, las de tantas personas que pidieron por mí en esos días, fueron parte de algo mucho más grande de lo que uno puede entender en el momento.

A veces la vida nos regala momentos que solo comprendemos con los años. Ese día en Ciudad Juárez, entre miles de personas, tomado de la mano de Norma y Eleazar, sentí algo que todavía hoy no puedo explicar con palabras. Quizá nunca lo logre. Pero sí sé lo que dejó en mí: paz, esperanza y una gratitud profunda. Por ellos, por mi abuela, por mi familia, por aquella oportunidad inesperada… y por ese instante en el que, después de mucho tiempo, volví a sentirme cerca de Dios.

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