Fue en una sobremesa cualquiera, sin fecha marcada en el calendario, cuando todo cobró sentido. Estábamos mi esposa, mis dos hijos y yo, platicando de lo cotidiano, cuando la conversación giró, sin avisar, hacia algo profundo: la amistad.
Ellos hablaban de sus años universitarios, de cómo irse a estudiar lejos de casa no solo les dio una carrera, sino una segunda familia. Me contaban que el haber pasado por Austin College, una universidad privada en Sherman, Texas —un pueblo pequeño cerca de Dallas—, los había unido de una forma que no se rompe con la distancia. Vivir lejos, compartir dormitorios, desvelos, derrotas, triunfos, fiestas, silencios… todo eso crea un lazo que no necesita explicarse.
Además, su pertenencia al equipo de futbol y a una fraternidad terminó de sellar ese vínculo. No era solo el deporte o las tradiciones, era la sensación de ser parte de algo. De cuidarse unos a otros, dentro y fuera de la escuela. Tan fuerte es esa amistad que, aun después de graduarse, regresan a su antigua universidad para convivir con las nuevas generaciones, con los nuevos integrantes de la fraternidad y del equipo. Siguen yendo a los partidos, siguen celebrando, siguen presentes.
Incluso han viajado juntos, como ese fin de semana en Las Vegas, donde más que vacacionar, reforzaron algo que ya no depende de un campus ni de una camiseta. Es hermandad.
Pero hubo un momento que me estremeció más que todos esos logros; cuando Diego, mi hijo menor, recordó la cuarentena que le tocó vivir durante la pandemia de COVID. Estaba solo, lejos de casa, y nosotros, como padres, a cientos de millas, ignorábamos todo lo que estaba pasando. Y fueron ellos, sus amigos, quienes estuvieron al pendiente de que no le faltara nada. Le llevaban comida, lo llamaban, lo acompañaban en el encierro.
Ahí entendí algo; mis hijos no solo hicieron amigos. Construyeron una red de cuidado, de lealtad, de presencia.
Y mientras los escuchaba, me asaltó una idea quizás un poco incómoda, casi en susurro; creo que yo no tengo amigos.
No lo dije en voz alta. Pero lo sentí. Y no me dolió, solo me sorprendió.
Siempre me consideré alguien sociable. He trabajado en redacciones, he cubierto eventos con multitudes, he compartido turnos, micrófonos y sobremesas. He tenido colegas, cómplices, mentores, alumnos, jefes, guías espirituales. Personas que dejaron huella en mí y a quienes, espero, también marqué de alguna forma.
Pero cuando pienso en “amigos” en el sentido clásico —los de hablarse seguido, reunirse, viajar, compartir fines de semana—, la lista se queda corta.
Y par mi está bien. Hoy, a mis casi 52 años, puedo decir que mi círculo más íntimo se ha ido afinando con el tiempo. Está formado por mis padres, tíos, mis hermanos, y por supuesto —al centro de todo— mi esposa, mis hijos y los recuerdos que hemos construido juntos. A veces se suma una conversación profunda, de esas que llegan sin avisar y se sienten como un regalo inesperado. Lo demás… lo demás está en paz con su lugar.
No me siento solo, y eso fue lo que me hizo escribir esto.
Vivimos en una época que idealiza la amistad como si fuera un requisito emocional para validar tu vida. Como si estar solo fuera sinónimo de fracaso, de tristeza, de carencia. Pero estar contigo mismo —en silencio, con tus pensamientos, con tus libros, con tu música, con tu fe, con tu teclado— puede ser una de las formas más sinceras de compañía.
Te escuchas. Te conoces. Te aceptas.
Y si un día no quieres hablar con nadie, no pasa nada.
No necesitas llenar tu agenda de cafés con “gente que te suma”. A veces lo más valioso que puedes hacer por ti es darte espacio para estar contigo. Volver a ti no como última opción, sino como primer refugio.
Porque eso también es madurar; dejar de medir tu valor en base al número de contactos en el teléfono o reacciones en una publicación.
No digo que no valore la amistad. Al contrario, la verdadera, la que resiste silencios largos y reencuentros breves, es oro. Pero también creo que no todos venimos al mundo con la misma configuración social. Algunos necesitan ruido. Otros, calma.
Y a veces, la amistad más fiel no es otra persona… sino la conversación que logras tener contigo mismo sin querer huir.
Así que si tú también te diste cuenta —como yo— de que no tienes muchos amigos, que ya no formas parte de grupos, que los cumpleaños llegan sin invitaciones y los viernes por la noche no hay planes… tranquilo. Estás bien. No estás incompleto. No estás mal.
Quizá, simplemente, estás contigo.
Y siendo honesto…me caigo bastante bien.