Nos enseñaron que diciembre es sinónimo de alegría. Que las luces, los abrazos, los villancicos y las cenas familiares bastan para llenar cualquier vacío. Pero no siempre es así. Para muchas personas —más de las que lo dicen en voz alta— esta temporada puede venir acompañada de nostalgia, ansiedad o una tristeza que cuesta explicar.
Y no es raro. Es normal sentirse así cuando falta un ser querido, cuando una silla queda vacía en la mesa o cuando la vida simplemente tomó otro rumbo. También pasa cuando nuestra percepción de las fiestas cambia con los años. Lo que antes era emoción hoy puede ser recuerdo, y lo que antes era rutina hoy puede sentirse como obligación. A veces, no hay una causa concreta, solo una sensación de que algo no encaja como antes.
La Asociación Americana de Psicología ha señalado que cerca del 38 % de las personas experimentan un aumento significativo de estrés durante la temporada navideña. No solo por el aspecto emocional, sino también por la presión social, los compromisos, las finanzas y la expectativa constante de “estar bien”. Según organizaciones de salud mental, lo que comúnmente se conoce como holiday blues no es una enfermedad clínica, pero sí una respuesta emocional válida ante un cúmulo de estímulos y exigencias.
Existe además un mito que suele reaparecer cada diciembre; la idea de que los suicidios aumentan durante las fiestas. Estudios de largo plazo citados por la Universidad de Pensilvania han demostrado que esto no es cierto. De hecho, diciembre suele registrar tasas más bajas que otros meses. Los picos, paradójicamente, se presentan en primavera y verano. Lo que sí ocurre en esta época es una mayor visibilidad del dolor emocional y una intensificación de estados previos como la depresión o la ansiedad.
Las redes sociales no ayudan, las imágenes de familias perfectas, reuniones interminables y sonrisas constantes pueden generar comparación y aislamiento. Según expertos en neurociencia y comportamiento, el cerebro interpreta esa comparación como una señal de exclusión, lo que puede profundizar la sensación de soledad, incluso estando rodeados de gente.
Hablar de esto no es arruinar las fiestas. Al contrario, es humanizarlas. Reconocer que no todos viven diciembre de la misma forma nos permite ser más empáticos, con otros y con nosotros mismos. No hay una sola manera correcta de atravesar estas fechas.
También es cierto que hay herramientas para sobrellevar mejor esta etapa. Mantener rutinas básicas, cuidar el descanso, comer de forma consciente, poner límites y buscar conversaciones auténticas puede marcar la diferencia. Y si la tristeza se vuelve abrumadora, pedir ayuda es un acto de responsabilidad personal. En Estados Unidos, la línea nacional de apoyo emocional y prevención del suicidio está disponible marcando 988, las 24 horas del día, de forma gratuita y confidencial.
Quizá el regalo más valioso que podamos darnos este diciembre no venga envuelto. Puede ser algo mucho más simple y necesario; permiso para sentir, para no forzar la alegría y para entender que las emociones —todas— también forman parte de estas fechas. Porque estar bien no siempre significa estar feliz, y eso también está bien.