Tengo 50 años, y lo digo con la frente en alto, aunque en ciertos espacios —sobre todo en el mundo laboral— parezca casi una confesión incómoda.
En tiempos donde la juventud se vende como ventaja competitiva y donde las empresas parecen obsesionadas con atraer talento joven, muchos profesionales con décadas de experiencia nos preguntamos en silencio, ¿todavía tenemos un lugar en esta conversación?
La respuesta, por supuesto, debería ser un rotundo sí. Pero la realidad es más compleja.
He escuchado frases como “ya no se adapta tan rápido”, “le cuesta la tecnología”, “su estilo es más de la vieja escuela”… Y aunque algunas tengan algo de verdad, también revelan un sesgo generacional que no siempre se justifica. Porque detrás de cada persona que rebasa los 45, los 50 o los 60, hay algo que no se compra con certificaciones nuevas ni con dominio de nuevas aplicaciones o programas; hay criterio, hay paciencia, hay memoria organizacional.
Personas como yo, hemos aprendido a evolucionar, a cambiar de industria, a reinventarnos sin perder lo esencial; la ética, la escucha, la experiencia que no está en el temario de ningún curso online. Aprendimos a resolver sin tutoriales. A trabajar en equipo cuando eso significaba convivir, no solo conectarse por Teams o Zoom.
Hoy, la brecha generacional no es solo de edad, es también de visión. Los más jóvenes llegan con ideas frescas, con energía, con otra velocidad. Pero necesitan guía. Y los que tenemos más camino recorrido, también necesitamos su empuje. El problema no es la diferencia, sino la falta de diálogo.
Según un reporte de AARP, más del 60 % de los trabajadores mayores de 45 años han sido testigos o víctimas de discriminación por edad en el entorno laboral. Es un dato duro, pero real. Y lo veo incluso en loa anuncios de vacantes: “buscamos perfiles jóvenes, dinámicos, con máximo cinco años de experiencia”. ¿Y los que tenemos 20 años aprendiendo y adaptándonos? ¿Los que no bajamos la guardia ni dejamos de estudiar?
Yo no quiero volver a tener 30, ni necesito parecer de 40. Lo que quiero es que mi experiencia no sea vista como una desventaja, sino como una ventaja competitiva. Porque he vivido cambios reales. Porque sé lo que es fracasar y levantarse. Porque sé trabajar con personas, no solo con plataformas.
El talento no tiene edad. Tiene actitud. Y lo que aportamos quienes tenemos más años en el mercado es algo que no se mide por followers o por lo bien que te lleves con la inteligencia artificial. Se mide por resultados consistentes, por empatía con los clientes, por saber cuándo apretar y cuándo ceder.
Quizás ya no corremos tan rápido como antes, pero sabemos hacia dónde vamos. Y eso, en un mundo de ruido y prisa, vale oro.