Durante años pensé que ir al dentista era solo para revisar caries o blanquear los dientes. Como muchos, asumí que con cepillarme dos veces al día estaba cumpliendo. Pero hace poco descubrí que detrás de una encía inflamada o una limpieza postergada puede esconderse mucho más que mal aliento o una muela dañada; puede haber un riesgo real para el corazón, el cerebro y hasta el control de la glucosa (azúcar).
Y no es una exageración. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), las enfermedades de las encías están vinculadas a problemas como enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, y en algunos estudios, incluso al deterioro cognitivo en la vejez. La lógica es simple pero poderosa, la boca no está aislada del cuerpo. Lo que pasa ahí dentro puede influir en todo lo demás.
La inflamación crónica es el puente. Cuando hay acumulación de placa o una infección no tratada, las bacterias pueden entrar al torrente sanguíneo. De acuerdo con la American Heart Association, eso puede favorecer la formación de placas en las arterias y aumentar el riesgo de infartos. No es casualidad que quienes tienen periodontitis tengan mayor probabilidad de desarrollar enfermedad arterial.
También hay una conexión silenciosa con la diabetes. Las encías inflamadas hacen más difícil el control del azúcar en sangre, y a su vez, la diabetes mal controlada empeora la salud bucal. Es un círculo vicioso del que pocos hablan.
Por eso, más allá de la estética, la salud bucal es una cuestión de salud preventiva. Una visita al dentista puede no parecer tan urgente como un chequeo cardíaco o una revisión de colesterol, pero puede prevenir problemas igual de serios.
Y hay señales a las que deberíamos prestar más atención: sangrado al cepillarse, mal aliento persistente, encías retraídas o sensibilidad constante. Todos esos “detalles” no son normales, son alertas. Pero nos acostumbramos tanto a ellas que dejamos pasar meses —o años— sin hacer nada.
Lo bueno es que no se necesita una rutina compleja para empezar a cuidarse. Cepillado correcto, uso de hilo dental, enjuague adecuado y al menos dos visitas al año con el dentista. Lo básico, bien hecho, puede marcar una diferencia enorme. Y si tienes condiciones como diabetes, hipertensión o estás en tratamiento hormonal, con más razón deberías prestar atención.
En un mundo obsesionado con lo visible, la sonrisa suele ser un símbolo de bienestar. Pero lo que no se ve —bajo las encías, en la lengua, en los tejidos que sostienen los dientes— también importa. Y puede decir mucho sobre cómo estás por dentro.
La salud bucal no es solo responsabilidad del dentista, es parte de tu autocuidado. Es decidir que tu bienestar empieza en lo más básico, en lo que haces cada día. Porque a veces, prevenir un infarto empieza con algo tan simple como cepillarse los dientes.