Este blog nació con la intención de alejarme un poco del ruido ensordecedor de la opinión pública, de esa tormenta constante donde todos gritan y pocos escuchan. Sin embargo, hay momentos en los que guardar silencio no es opción. Vivimos tiempos donde expresar lo que piensas puede convertirse en un riesgo, casi en una sentencia de muerte social… y ahora también física. Y es ahí donde me parece importante detenerme.
No se trata de coincidir o no con una figura pública como Charlie Kirk, sino de algo más profundo: del derecho básico de disentir, de poner sobre la mesa ideas incómodas o impopulares sin que eso implique ser perseguido o cancelado. En lo personal, coincidía ideológicamente con muchas de sus propuestas, y en otras tantas no. Y justamente ahí está la riqueza del debate: en poder escuchar, contrastar y discutir sin que las diferencias se conviertan en armas de odio.
Porque si dejamos que se normalice el castigo por opinar, lo siguiente será la autocensura. Y cuando la autocensura se instala, muere un poco la libertad que tanto valoramos. Ahí está, para mí, lo más peligroso: no solo el asesinato físico de un hombre, sino también la muerte simbólica del derecho a disentir.
Me asombra —y me duele— ver cómo los medios de comunicación, esos mismos a los que dediqué buena parte de mi vida y defendí a capa y espada, hoy caen tan fácil en la trampa de las etiquetas. “Conservador”, “ultraderechista”, “homofóbico”, “aliado de Trump”. Palabras que, repetidas una y otra vez, parecieran ser una justificación para un crimen atroz. Pero el 10 de septiembre no mataron a una etiqueta: asesinaron a un hijo, a un hermano, a un esposo, a un padre de familia. Y lo hicieron de la forma más cobarde posible, escondidos entre la multitud, en un lugar donde nunca debió ocurrir: una universidad.
El campus debería ser el universo de las ideas. Un espacio donde los puntos de vista confluyen, chocan, se retan, pero al final enriquecen. No donde se mata la palabra con balas. Que haya ocurrido en un espacio universitario me parece doblemente grave, porque simboliza que ni siquiera ahí, donde la discrepancia debería ser un ejercicio natural, estamos a salvo del fanatismo.
Hoy visité su memorial en sus oficinas en Phoenix. Vi flores, velas, mensajes escritos con dolor y esperanza. Y no pude dejar de pensar en sus hijos; en el peso imposible de crecer con la ausencia de un padre arrancado de manera tan brutal. Pensé en el deseo de que nunca vean los videos que circulan en redes sociales sobre la muerte de su padre, y menos aún los comentarios de quienes celebraron su asesinato como si fuese un triunfo. Quisiera creer que estarán protegidos de esa crueldad, porque si algo merece un niño es conservar la memoria limpia de su padre.
Charlie Kirk fue una voz polémica, sí, pero era sobre todo una voz. Su arma eran las palabras. Y que hoy esas palabras se apaguen de manera tan brutal debería preocuparnos a todos, incluso a quienes nunca estuvieron de acuerdo con él. Porque si dejamos pasar esto como si nada, mañana el silencio nos alcanzará a todos.
Como cristiano, me aferro a la esperanza de que la vida de Charlie no terminó en ese campus. Creo en un Dios que juzga con justicia y que da consuelo donde el ser humano ya no puede. Oro porque su familia encuentre paz en medio del dolor, y porque sus hijos crezcan sabiendo que su padre, con sus aciertos y errores, defendió lo que creía con palabras y no con violencia. Y me queda claro que el verdadero legado de un hombre no lo dicta un disparo, sino la fe, la familia y la huella que deja en quienes lo recuerdan. Descanse en paz, Charlie Kirk.
Muy Claro te quedo Juan Antonio!
Gracias!
¡Gracias, Víctor! Sus palabras me animan a seguir adelante con este proyecto. 🙌