La nota que me hizo conocer el mal

Fue a mediados de la década de los noventa cuando empecé oficialmente mi camino en los medios de comunicación. En ese entonces cursaba los últimos semestres de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Chihuahua, campus Ciudad Juárez. Recuerdo que a inicios de 1995 se había puesto en marcha un ambicioso proyecto en la ciudad, uno que buscaba combinar presencia en los medios con un sistema de transporte binacional que unía a Juárez con El Paso.

Aquel proyecto, llamado Twin Cities, era tan innovador como único en su género. Tenía de todo: un periódico semanal, un programa de televisión en horario estelar, una estación de radio en AM y decenas de “camioncitos” azules que cruzaban a diario los puentes internacionales, cada uno con televisores que transmitían contenido producido en la misma empresa. Para muchos jóvenes como yo, fue la gran oportunidad de hacer nuestros primeros “pininos” en el periodismo y la producción.

La joya de la corona en la estación Twin Cities Radio era el noticiero De Frente, conducido por Manuel Gómez Martínez y José Guadalupe Lara (que en paz descansen ambos). Aquella dupla había revolucionado la televisión fronteriza en los años ochenta, cuando llegaron al canal 44, la primera estación UHF en Juárez. Manuel, amigo cercano de mi familia, solía contar con orgullo que la primera vez que Luis Miguel cantó frente a una cámara de televisión fue precisamente en su programa: “Cantó La Malagueña y nos sorprendió a todos con lo alto de las notas que alcanzó”, relataba con una sonrisa.

Ese espíritu apasionado lo transmitía también en la radio. Manuel era un periodista incisivo, exigente con el contenido. No bastaba con traer una nota basada en información oficial; había que reportear, contrastar y ofrecer en pocos minutos un panorama completo. Esa forma de trabajar marcó en mí una lección que conservo hasta hoy.

Fue en ese contexto que, durante las vacaciones navideñas, me tocó cubrir la sección policiaca del noticiero. El jefe de información estaba de descanso y acepté el encargo sin mayor problema. En mi interior pensé: ¿qué puede pasar antes o después de Navidad? En aquel tiempo, Ciudad Juárez era todavía una ciudad relativamente tranquila, con pocos incidentes violentos en comparación con lo que vendría años después.

Pasé una Navidad feliz en familia, sin imaginar que el día 26 me tocaría enfrentarme a una de esas experiencias que marcan para siempre. Esa mañana me dirigí al Departamento de Averiguaciones Previas, ubicado en la avenida 16 de Septiembre y Oro, para revisar los partes policiacos de los días 25 y 26. Era mi primera vez de lleno en la fuente policiaca, y lo que encontré ahí todavía lo recuerdo con nitidez.

Lo primero que me sorprendió fue la cantidad de movimiento a tan temprana hora. El edificio parecía un hormiguero. Una amiga mía, estudiante de Ciencias Políticas que prestaba su servicio social en esa dependencia, me vio al pasar y su rostro desencajado me advirtió que algo serio ocurría. Con voz temblorosa me dijo: “Se mataron entre policías y ahí vienen con detenidos”. Sus palabras me helaron la sangre y, como si quisiera darme un pase directo a la historia, me señaló un escritorio con un radio: “Vete para allá, por esa puerta van a entrar”.

No terminé de procesar lo que pasaba cuando se abrió la puerta y entraron varios agentes estatales fuertemente armados, escoltando a un detenido que apenas vestía una toalla. Era un hombre robusto, con una mirada inquietante que se clavó en la mía. Al pasar junto a mí empezó a forcejear con tal fuerza que uno de los agentes casi pierde el equilibrio. En el intento por someterlo, el policía extendió las manos y, sin pensarlo, dejó su arma de cargo en las mías.

Ahí estaba yo, un estudiante con libreta y grabadora encendida, sosteniendo lo que para mí parecía el arma más poderosa del mundo. No respiré hasta que el agente, algo avergonzado, regresó para recuperarla. “¿Eres de prensa, verdad?” me preguntó. Apenas pude asentir. “Ya tienes la exclusiva —me dijo—, este fue el que lo mató y ya cantó”.

Con los minutos volví a la calma. Mi amiga me consiguió acceso al parte informativo y supe entonces el trasfondo de lo ocurrido. El nombre del caído: Javier Nevárez Márquez, paramédico del Cuerpo de Rescate del Ayuntamiento de Ciudad Juárez. Tenía apenas 24 años. La madrugada del 26 de diciembre de 1995, alrededor de las 2:30, atendía a dos policías heridos dentro de la ambulancia número 5 en la colonia La Chaveña, cuando el agente Eduardo Valle Vega —quien había iniciado la balacera— regresó armado y disparó de nuevo. Una bala le atravesó la espalda y el pecho. Javier nunca salió de la ambulancia en la que cumplía con su deber; murió ahí mismo, ejerciendo su vocación de salvar vidas.

👉 Fin de la Parte 1.

En la segunda entrega: El adiós de Javier Nevárez Márquez, el joven rescatista que murió en cumplimiento de su deber y cuyo nombre quedó grabado en la memoria de Ciudad Juárez.

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