Vivimos tiempos en que hasta nuestros propios ojos pueden ser engañados. Ya no basta con ver para creer. Porque incluso lo que parece más evidente —una imagen, un video, una grabación— puede no ser real. Y eso cambia todo.
Estamos rodeados de contenido que luce auténtico, pero que fue generado por inteligencia artificial. Fotos de supuestos desastres que nunca ocurrieron, figuras públicas diciendo cosas que jamás dijeron, y escenas emocionales que en realidad nunca pasaron. Ya ni de nuestra vista vamos a poder fiarnos.
Algunas compañías responsables están comenzando a marcar con un sello de agua digital las imágenes que fueron creadas artificialmente. Es un intento por alertar al espectador, una especie de “esto no ocurrió” en forma sutil. Pero también hay quienes hacen lo contrario; usan esta tecnología para confundir, manipular o sembrar desinformación. Lo hacen sin marca alguna, con la intención de engañar y eso es lo verdaderamente peligroso.
El psicólogo canadiense Jordan Peterson lo advirtió recientemente: “Estamos entrando en una época donde no se podrá confiar en ningún video, ninguna imagen, ninguna grabación… nada. Todo podrá ser falsificado con un realismo absoluto”. No es solo una exageración retórica. Es un diagnóstico crudo del mundo que se nos viene encima.
Porque si ya no podemos confiar en lo que vemos ni en lo que escuchamos, ¿qué nos queda? La confianza básica entre las personas, la credibilidad de los medios, los debates públicos, todo puede tambalear si no aprendemos a discernir. Lo veo a diario en redes sociales; publicaciones que encienden la indignación y que, horas después, se descubren como montajes creados por IA. Para entonces, el enojo ya se viralizó. La mentira ya hizo su trabajo.
Esto no se trata de tecnología, sino de ética. De responsabilidad, de educación. De construir un nuevo sentido común donde sepamos que no todo lo que impacta es cierto, y que una imagen perfecta puede esconder una gran mentira.
Quizá hoy más que nunca, el pensamiento crítico será nuestra única defensa real. Porque si dejamos de cuestionar lo que vemos, podríamos acabar creyendo cualquier cosa… y ese es el terreno favorito de la manipulación.