Con el cambio de estación y la disminución de las temperaturas, es común que muchas personas bajemos la guardia en cuanto al consumo de agua. Después de meses de calor intenso donde el sudor y la sed nos recordaban constantemente la necesidad de hidratarnos, el otoño y el invierno parecen dar permiso para olvidarlo. Pero eso es un error que puede afectar tu salud más de lo que imaginas.
Durante el verano, el cuerpo pierde líquidos de forma evidente a través del sudor, y eso nos obliga a reponerlos. Pero en climas fríos o templados, esa pérdida ocurre de manera más silenciosa; la respiración en aire seco, el uso constante de calefacción, e incluso el sudor que se evapora rápidamente sin que lo notemos, también deshidratan. No sentimos tanta sed, pero el cuerpo sigue necesitando agua para funcionar correctamente.
La hidratación adecuada es clave para mantener una buena función celular, una digestión eficiente, una piel saludable, una temperatura corporal equilibrada y una mente clara. Y después de los 40 años, nuestro cuerpo comienza a perder capacidad de retener agua con la misma eficiencia. Esto significa que es más fácil deshidratarse, aunque no lo sintamos. De hecho, algunos síntomas comunes como la fatiga, el dolor de cabeza o la piel seca durante el invierno, pueden estar relacionados con un bajo consumo de agua.
Tomar líquidos no tiene que ser una tarea aburrida ni limitada al agua sola. Las infusiones, caldos, frutas como la naranja o el pepino, e incluso alimentos como la avena o las sopas caseras, ayudan a mantener una buena hidratación. También es importante estar atentos a señales como orina muy concentrada, labios resecos o sensación constante de cansancio.
Un estudio publicado en Frontiers in Physiology destaca que incluso una deshidratación leve puede alterar el estado de ánimo, disminuir la concentración y afectar el rendimiento físico. Algo que muchas veces confundimos con el estrés diario, cuando en realidad puede resolverse con un par de vasos de agua.
Además, mantener una buena hidratación ayuda al sistema inmunológico, lo cual es especialmente valioso al entrar a los meses más fríos, cuando los resfriados y virus se vuelven más frecuentes. Nuestro cuerpo necesita agua para producir la mucosa que actúa como barrera protectora en las vías respiratorias, por ejemplo.
En resumen: que el clima cambie no significa que tus necesidades básicas cambien con él. La hidratación no es estacional. Es una necesidad constante. Así como te abrigas antes de salir, asegúrate de mantener también tus niveles de líquidos equilibrados. Tu cuerpo —y tu mente— te lo van a agradecer.