Soñar no cuesta nada, pero vivirlo… eso sí que no tiene precio. El pasado 21 y 22 de noviembre, mi esposa Verónica y yo decidimos celebrar por todo lo alto nuestra entrada de lleno a la década de los 50. ¿El lugar? Dreamstate 2025, en Long Beach, California. ¿El motivo? Recordarnos a nosotros mismos que la música, los sueños y el amor no tienen fecha de caducidad.
El festival tuvo lugar justo al lado del imponente Queen Mary, un transatlántico histórico ahora anclado como museo y hotel flotante. Este barco —construido en los años 30 y testigo de la era dorada de los cruceros— fue el marco perfecto para lo que viviríamos esos días, una mezcla de nostalgia, emoción pura y música electrónica.
Desde que tomamos el vuelo en Phoenix rumbo a Long Beach, todo nos parecía parte de una película. El aeropuerto de Long Beach es pequeño, funcional y hasta encantador. Me llamó la atención que podías bajar del avión por la parte trasera, volamos por Southwest pero me hizo recordar aquellos vuelos de Viva Aerobús o Taesa en México donde salías directo a la pista por escaleras metálicas.
Luego del aterrizaje, tomamos un Lyft y en menos de 20 minutos ya estábamos en el Marriott Downtown, un hotel con un enorme mural exterior y una atención que merece aplausos. Como dato curioso, durante todo el trayecto intentamos explicarle al conductor qué era la música EDM (Electronic Dance Music)… pero fue misión imposible. Aun así, nos deseó que nos divirtiéramos al máximo. Y vaya que lo hicimos.
Esa noche tuvimos una cena especial de cumpleaños en el restaurante Sevilla. Tapas, jamón serrano, calamares, pan entomatado y una paella que todavía saboreo al recordarla. Todo acompañado de una conversación sobre lo afortunados que somos de poder compartir momentos como este, casi tres décadas después de habernos prometido estar juntos “en las buenas y en los raves”.
El viernes por la tarde empezó la magia. Desde el lobby del hotel ya se sentía la vibra, grupos de jóvenes, parejas un poco mayores (como nosotros), todos con la misma chispa en los ojos. Nos avisaron que el acceso al muelle no estaría disponible para Uber o Lyft, ya que el festival había habilitado shuttles (autobuses). Confieso que por un momento nos sentimos perdidos, pero como suele pasar en la comunidad EDM, apareció una pareja de jóvenes que, sin dudarlo, se ofreció a guiarnos al punto de transporte. En el camino, compartimos historias de festivales, DJs favoritos y expectativas. Coincidimos todos, el evento principal sería el sábado, con el regreso triunfal de Tiësto al trance.
Y es que días antes del evento, el mismísimo Tiësto borró sus redes sociales, activó una cuenta regresiva misteriosa y anunció un regreso a sus raíces. Iba a estrenar un nuevo track, Bring Me to Life, con la vocalista FORS, y abriría su set del sábado con ese tema. También recuperó su logo original de 1999. Todo apuntaba a una noche histórica.

El primer día del festival fue intenso. Bailamos durante horas con DJs menos conocidos, pero igual de entregados. El ambiente era increíble. La organización del evento fue impecable; desde los shuttles de regreso al hotel, hasta la seguridad y los accesos. Terminamos agotados, pero felices.
Y en medio de esa vibra tan única, algo que nos sorprendió —y nos conmovió— fue la cantidad de personas que se acercaban solo para regalarnos pulseras y adornos hechos a mano, como parte del espíritu PLUR: Peace, Love, Unity, Respect. Algunos con diseños coloridos, otros con mensajes, todos llenos de intención.
El sábado… qué puedo decir. Desde Miss Monique, Maddix y Argy, hasta el plato fuerte: Tiësto. Cuando empezó su set con Bring Me to Life, sentí un nudo en la garganta. Luego vinieron joyas como Suburban Train, Elements of Life, Love Comes Again y Adagio for Strings. ¿Lágrimas? Sí. Muchas. ¿Abrazos? También. Y una sonrisa que no se nos quitó ni al caminar de regreso al hotel, esquivando el mar de gente que salía como nosotros después de horas de euforia.

Ese set me transportó a los días en que soñaba con ver a Tiësto en vivo, cuando lo veía y escuchaba en los DVD’s de sus conciertos en Ámsterdam y Copenhague. Era 2008, en plena crisis económica que golpeaba fuerte en Estados Unidos y para muchos, como nosotros, no había salidas costosas ni festivales, solo lo que teníamos al alcance: unas cervezas frías del 7-Eleven y el DVD del concierto. Aunque no lo decíamos con palabras, cerrábamos los ojos y tratábamos de imaginar que algún día estaríamos ahí, entre miles de personas, viviendo esa experiencia en carne propia. Y lo logramos.
Ya de regreso en casa, aún días después, sigo viendo los videos que tomé, y no puedo evitar emocionarme otra vez. Esa sensación no se borra. Cada vez que le doy play a un clip, revivo el momento exacto en el que me sentía el hombre más afortunado del mundo. Porque lo era. Porque lo soy.
Y hay algo que me quedó muy claro en este viaje, lo importante que es tener sueños. Pero no solo eso, tener con quién cumplirlos. Tener una pareja que se emocione contigo, que cante, que baile, que aguante el cansancio, las filas, el frío… que te abrace fuerte cuando las lágrimas salen sin que lo planees. Esa es la verdadera riqueza.
Dreamstate 2025 fue más que un festival. Fue un regalo. Una cápsula del tiempo. Un recordatorio de que siempre se puede volver a empezar, a soñar, a bailar. Nos enamoramos otra vez de la música, de la ciudad y de nosotros mismos.
Gracias, Dreamstate. Gracias, Tiësto. Gracias Long Beach. Gracias, vida… por tanto.
