Vivimos en una época en la que la atención es el recurso más valioso. No importa si el producto es bueno, si el artículo está bien escrito o si el contenido es útil. Lo primero —y muchas veces lo único— que importa es si alguien hace click.
Y para lograrlo, las redes, los portales de noticias, los creadores de contenido e incluso algunos medios tradicionales han encontrado su herramienta favorita: el clickbait.
El término no necesita mucha traducción. En inglés, click significa pulsar, y bait, anzuelo o carnada. Clickbait es eso: un anzuelo diseñado para que entres.
El encabezado promete algo irresistible: “No vas a creer lo que dijo…”, “Esto cambiará tu forma de ver la vida”, “El secreto que nadie quiere que sepas”, “Lo que las aseguradoras no quieren que descubras”. Y ahí estás tú, como millones más, haciendo click.
Pero al otro lado del título, rara vez hay algo que cumpla con lo que se prometió. El contenido es pobre, predecible o simplemente no guarda relación con el encabezado. Y entonces queda claro que el propósito no era informar, era atraer. No importaba lo que te ibas a llevar, sino que entraras.
He visto este fenómeno crecer desde dentro y desde fuera. Como periodista, sé lo que implica redactar un buen titular. Como lector, me he sentido más de una vez engañado. Como profesional en seguros y comunicación, sé que la confianza no se gana con trucos, sino con contenido que entrega lo que promete.
El clickbait funciona porque activa algo muy humano; la curiosidad. Y lo hace apelando a las emociones más primitivas: el miedo, la indignación, la sorpresa. El problema no es captar la atención —todos queremos hacerlo—, el problema es capturarla sin honestidad.
Según estudios de Chartbeat, más del 55 % de los lectores abandona un artículo a los 15 segundos si no encuentra lo que esperaba. Y aún así, el click ya se contabilizó. Para los algoritmos, eso es suficiente. Pero para quien quiere construir credibilidad, es una pérdida.
En un mundo sobresaturado de información, no necesitamos más ruido. Necesitamos voces claras, mensajes genuinos y contenido que valga el tiempo que se le dedica. El clickbait es lo contrario, una trampa de segundos para vender minutos que no valen.
Y esto aplica también al mundo del marketing, las ventas y la educación financiera. En mi trabajo diario, veo cómo muchas personas llegan confundidas por mensajes que prometen “seguros gratis”, “ahorros garantizados”, “trucos secretos para pagar menos”. Y al final descubren que no era tan simple. Que el titular era exagerado. Que el contenido no correspondía. El daño ya está hecho.
No se trata de volvernos aburridos o fríos. Un buen título debe atraer. Debe seducir, despertar interés, pero sin traicionar el contenido. Captar la atención sin engañar es un arte, y quienes logran dominarlo generan relaciones de largo plazo, no solo visitas fugaces.
En redes, es fácil caer en la trampa de pensar que la fórmula infalible es más clicks = más éxito. Pero la métrica que realmente importa es otra: ¿cuántas personas se quedaron, confiaron, volvieron? ¿Cuántas sintieron que su tiempo valió la pena?
El clickbait tal vez genere tráfico, pero difícilmente construye comunidad.
Yo prefiero otra ruta. Prefiero escribir para quienes quieren más que una promesa vacía. Para quienes valoran el contenido bien hecho, el dato confiable, el análisis con contexto. Para quienes entienden que, al final, un título no debe gritar… debe cumplir.