Cuando el ritmo te encuentra; por qué me gusta la música electrónica (aunque no sepa bailar)

Hay dos cosas que recuerdo vívidamente de mi primera boleta de calificaciones. Estaba en preescolar del Colegio Ignacio Zaragoza —sí, así de atrás me acuerdo—, y hasta puedo decir con seguridad que mi maestra se llamaba “Lupita” Chavira. En esa boleta, junto a mi nombre, había dos frases demoledoras que hoy entiendo mucho mejor: “Sabe atarse los zapatos” y “Se mueve al ritmo de la música”. Para ambas, la respuesta era un contundente “NO.

Bueno, con el tiempo mejoré lo de los zapatos. Pero lo de moverme al ritmo de la música… eso sigue en proceso. La coordinación motriz nunca ha sido uno de mis dones más desarrollados. Por eso, el baile, en lugar de una fuente de alegría espontánea como lo es para muchos, siempre fue algo más parecido a una situación de riesgo.

En la adolescencia, cuando llegaron las fiestas escolares y bailar se volvió parte de la vida social, descubrí una verdad incómoda; invitar a una chica a la pista era fácil. Lo difícil era sobrevivir al baile sin que la vergüenza me hiciera desear desaparecer. Después de un par de canciones —a veces ni eso—, mi compañera de pista volvía a su asiento probablemente agradecida de que la tortura terminara. Y no es que hiciera el ridículo… pero digamos que Fred Astaire no se sentía amenazado por mí.

Durante años lo intenté, en serio. Pero cada género musical parecía requerir más técnica de la que mi cuerpo estaba dispuesto a ofrecer. Hasta que, casi por accidente, descubrí un universo paralelo: la música electrónica.

Ahí todo cambió.

Porque la música electrónica no te exige pasos. No te pide giros ni movimientos de cadera sincronizados. Solo te pide estar presente y dejarte llevar. Puedes brincar, puedes moverte como sientas, puedes cerrar los ojos y subir las manos sin que nadie te juzgue. Es una experiencia de libertad. Y cuando encontré eso, sentí que por fin había descubierto un lugar donde no tenía que esforzarme para encajar.

Con el tiempo, no solo me volví fan del género. Me hice parte de una comunidad. Descubrí DJs como Tiësto —mi favorito—, Armin van Buuren, Avicii, Afrojack, Alesso, y muchos más. Empecé a seguir sus presentaciones, a entender sus estilos, a emocionarme cuando anunciaban nuevas colaboraciones.

Y lo mejor fue que no hice ese viaje solo. Verónica, mi esposa y compañera de vida, también encontró en la música electrónica una forma de disfrutar, de desconectarse, de recargar energía. Juntos hicimos de los festivales de EDM nuestro destino favorito. Hemos ido a EDC Las Vegas, EDC Orlando, y hasta disfrutamos del espectáculo de Unity de Tomorrowland producido por Insomniac. Conocemos casi todos los clubes importantes de Las Vegas donde se presentan DJs en vivo. Y aunque ella sí sabe moverse con estilo, siempre me acompaña cuando yo hago lo mío… que no es bailar, es brincar. Pero brincar con pasión.

Tenemos incluso una bucket list de DJs que nos gustaría ver en vivo. Porque para nosotros no se trata solo de música. Es una experiencia completa. Es la emoción de esperar el drop, el juego de luces, la conexión con miles de personas que sienten lo mismo. Es la adrenalina, la nostalgia, la energía.

Y sí, tal vez nunca me moveré como un bailarín profesional. Tal vez nunca podré contar pasos o hacer coreografías. Pero en cada festival, en cada canción que me hace vibrar, en cada recuerdo compartido con Verónica me doy cuenta de que encontré un lugar donde la música me acepta como soy.

Así que si alguna vez ves un tipo que salta sin mucha coordinación, con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara en medio de un mar de luces… es probable que sea yo. Porque la música electrónica no me enseñó a bailar, pero sí me enseñó a disfrutar el momento sin pensar en cómo me veo. Y en estos tiempos, eso también es una forma de libertad.

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