Cuando el periodista dejó de ser solo mensajero… y se convirtió en parte de la noticia

Hubo un tiempo en el que los periodistas se sentaban al fondo en las conferencias de prensa, cerca de la salida, con libreta en mano y preguntas punzantes. Tomaban nota, no partido. Se enorgullecían de ser invisibles, discretos, incómodos para el poder pero fieles a los hechos. Ese tiempo, digámoslo sin rodeos, parece haber terminado.

Hoy, el periodismo es otra cosa. Otra trinchera. Otro tono. Otra exposición.

Y no lo digo como una crítica romántica de quien añora el pasado, sino como quien lo ha vivido en carne propia. Fui reportero cuando la palabra “viral” solo aplicaba a los virus. Cuando los periódicos todavía olían a tinta fresca y no a algoritmo. Cuando tus errores los corregía el editor, no una avalancha de desconocidos en redes sociales.

Hoy, el periodista está en escena. Tiene cara, nombre, perfil. Tiene seguidores, haters, estadísticas de “engagement” y, a veces, un número de cuenta para quien quiera apoyarlo. Y aunque no está mal tener rostro —de hecho, humaniza—, lo que me inquieta es que, en esa transición, perdimos algo; la distancia con la historia.

No es que no sintamos. Siempre hemos sentido. Pero antes sabíamos que el lector no venía por nuestra emoción, sino por nuestra interpretación honesta de los hechos. Ahora pareciera que si no tomas partido, si no gritas, si no condenas en voz alta, eres cómplice por omisión. En esa lógica, la neutralidad es traición, y la mesura se percibe tibia.

Crecí leyendo el Manual de Periodismo de Vicente Leñero, donde se decía sin rodeos: “El periodista no está para emitir juicios, sino para dar a conocer los hechos con veracidad y oportunidad.” Esa frase era casi una brújula. Hoy parece una reliquia. La línea entre informar y opinar se ha vuelto tan delgada, que muchos ya no la ven. O no les interesa verla.

Y no culpo solo a los periodistas. El entorno también cambió. Las redacciones se vaciaron. Los jefes se volvieron “community managers”. El papel se volvió pantalla, el “deadline” se volvió “streaming”. La nota ya no se califica por su profundidad, sino por sus “clicks”. La veracidad ahora se mide en “followers”. Y muchos, para sobrevivir, decidieron adaptarse.

Ahí nació este nuevo híbrido: el periodista-activista. El cronista con postura. El reportero con megáfono. El comunicador que ya no narra los hechos, sino que los confronta, los edita en vivo, los interpreta sin anestesia; y muchas veces sin conocimiento.

Hay quien lo ve como una evolución. Yo no estoy tan seguro.

Porque si bien es válido —y necesario— tener valores, convicciones, ética, también creo que hay momentos donde el silencio, la espera, la investigación rigurosa… aún valen. Que no todo debe ser inmediato, opinado, polarizante. Que la audiencia necesita también quien le diga: “no lo sé aún, pero lo voy a averiguar”, en vez de darle la versión que quiere oír.

Kapuściński lo dijo de forma más noble: “Para ser buen periodista, ante todo hay que ser buena persona.” Y eso, claro, implica tener empatía. Pero también implica responsabilidad. Porque una buena persona no es la que grita más fuerte, sino la que intenta comprender. Y eso a veces requiere tiempo y distancia.

He visto a colegas que admiraba convertirse en caricatura de sí mismos. Lo que antes era una firma respetada hoy es un perfil incendiario. Ya no cubren, denuncian. Ya no preguntan, afirman. Ya no informan, confrontan. ¿Está mal? No siempre. Pero sí es distinto.

La verdad es que este noble oficio ha cambiado. Se normalizaron las faltas de ortografía y sintaxis, se multiplicaron los pasquines digitales, se aplaude más el escándalo que la profundidad. Me pregunto —de forma sincera— si en las universidades aún enseñan a escribir una nota con pirámide invertida, si aún se habla de fuentes confiables, si alguien se sigue preocupando por verificar una cita antes de publicarla.

Me lo pregunto porque el ecosistema periodístico se ha vuelto más ruidoso, más pasional, más inmediato… pero también más frágil.

Hoy cualquiera con un teléfono se siente periodista. Y aunque celebro la democratización de las voces, también extraño el rigor. Porque no es lo mismo tener una opinión que tener información. No es lo mismo hablar que saber de qué se habla.

Por eso, cuando alguien me pregunta si volvería a hacer periodismo, digo que nunca me fui. Pero que el lugar donde me paraba ya no está. Cambió el terreno, las reglas, las trincheras.

Y quizás por eso sigo escribiendo. Para no olvidar que hubo un tiempo en que contar los hechos bien contados era suficiente. Y que aún queda espacio —aunque sea pequeño— para ese periodista que no grita, pero informa. Que no busca “likes”, sino respuestas. Que no quiere tener la razón, sino encontrar la verdad.

Aunque duela, aunque no venda. Aunque ya nadie quiera escuchar.

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