Mi historia con el béisbol no empezó en un estadio, ni frente a una pantalla. Empezó en mi colonia, viendo a mis vecinos Hugo y Toño con sus uniformes rumbo a la Liga Niños Héroes de Ciudad Juárez. Yo los veía pasar y soñaba en silencio: “¿Algún día seré yo el que entre a ese campo?”
Mi primer equipo fueron los Tigres, categoría Moyote. Mi entrenador se llamaba Julián. Aún recuerdo la emoción de usar ese uniforme blanco con rojo, el número 2 en la pantalonera. Era el más pequeño del equipo. A veces solo observaba desde la banca. Pero cada mirada, cada grito, cada vez que corríamos en fila… me hacía sentirme parte de algo. Y ese “algo” me marcó para siempre.

Fue entonces cuando apareció en la televisión mi primera admiración: Aurelio Rodríguez, tercera base precisamente de los Tigres de Detroit. Tigre, igual que yo. Rodríguez, igual que yo. Mexicano, como yo. Jugando en las Grandes Ligas. No necesitaba ser estrella para hacerme soñar. Ver su nombre en ese uniforme era un mensaje directo, casi personal: “Sí se puede.”
Fue la primera vez que sentí que alguien allá arriba, en las grandes ligas, me representaba de verdad.
Y fue Aurelio también quien me regaló una conexión especial con mi abuelo. Él ya amaba el béisbol. Pero con Aurelio —y luego con Fernando— ese amor se convirtió en ritual compartido. Ver los juegos juntos, a veces sin decir una palabra, fue nuestra forma de hablar. En su mirada encontraba todo lo que necesitábamos decirnos.
Y entonces, llegó Fernando.
Valenzuela no solo lanzaba, encendía el alma. Era 1981 y aquel joven regordete de Sonora, sin hablar inglés, se paraba en el montículo de los Dodgers de Los Ángeles como si el mundo no pesara. Pero pesaba. Y él lo cargaba con cada lanzamiento. Su screwball que desafiaba a la física, su mirada al cielo, su curva imposible… todo era único. Todo era nuestro.
La Fernandomanía no era solo béisbol. Era cultura, identidad, pertenencia. Era escuchar a Jorge “Sonny” Alarcón en la televisión. Era mi abuelita preguntando si ya iba a pichar “el muchachito de Sonora”. Era mi abuelo —serio, callado— esbozando una sonrisa apenas perceptible cuando Valenzuela dominaba en la lomita. Esa sonrisa valía oro.
Recuerdo como si fuera ayer el Juego 3 de la Serie Mundial de 1981. Fernando ponchó a Reggie Jackson en un momento clave. Un mexicano enfrentando al ícono de lo Yankees, y ganando. Mi abuelo no lo dijo, pero lo vi en sus ojos: ese ponche también era nuestro. Luego hablábamos de Pedro Guerrero, de cómo los latinos nos abríamos paso en el juego. Pero Fernando… Fernando era el primero en hacernos sentir que sí se podía triunfar sin dejar de ser uno mismo.
Todavía hoy busco ese video en YouTube, lo veo, y me emociono casi hasta las lágrimas. Porque no es solo béisbol… es historia, es memoria, es familia.

Ahora entiendo que no eran solo jugadas, era vernos reflejados en una pantalla donde antes no aparecíamos. Era la emoción de compartir el juego con mi abuelo, de entender que el deporte puede unir generaciones, sanar silencios, y construir identidad. Aurelio y Fernando no solo jugaron en Grandes Ligas, también jugaron para nosotros.
Para mí, no fueron solo deportistas. Fueron espejos. Puentes con mi abuelo. Motivos de orgullo. Parte de mi historia.
Y cada vez que voy al estadio o escucho el sonido de una pelota contra el guante, lo recuerdo todo.