El brillo de quien da vida… y sigue trabajando

Hace algunos días fui a comprar algunas cosas que necesitaba. Por lo general voy a Sam’s o Costco, dependiendo de los precios, pero debo admitir que suelo inclinarme por Costco por dos razones muy prácticas: primero, me queda más cerca. Segundo, siempre hay alguien empacando las cosas en cajas junto al cajero o cajera. Y uno, cuando ya cruzó el umbral de los 50, agradece esas pequeñas ayudas.

Ese día, mientras hacía fila, me llamó la atención que el cajero era un joven, quizás en sus veintitantos, y la persona encargada de empacar era una mujer embarazada… pero no “de poquitas semanas”, no. Estaba visiblemente en sus últimos días antes de dar a luz. Y sin embargo, ahí estaba; sonriente, ágil, repartiendo los productos entre cajas con una precisión que envidiaría cualquier operador logístico.

Su rostro tenía ese brillo peculiar que algunas mujeres embarazadas irradian, como si estuvieran conectadas con algo sagrado. Pero más allá de lo bonito del cuadro, lo que me sacudió fue su energía. Estaba haciendo su trabajo de pie, durante horas, embarazada, cargando cajas, y todavía tenía tiempo para ser amable con cada cliente. Y no hablo de una amabilidad forzada, de esas que uno pone por rutina. No, hablo de una sonrisa genuina, de esa que te hace sentir visto, agradecido.

Y yo ahí, con mi carrito lleno, viéndola hacer todo ese esfuerzo y pensando… si fuera yo el que estuviera a punto de parir, no me arrimen ni una caja. Lo mínimo que recibirían de mí sería una mirada de “hazlo tú”, seguida de una queja por la vida, o un recordatorio materno. No hay duda; las mujeres tienen una fortaleza que a los hombres nos cuesta siquiera imaginar.

Y no me refiero solamente al embarazo, aunque ya con eso tendrían para presumir por siglos. Hablo de esa capacidad de estar cansadas y aún así seguir. De llorar en el baño, secarse las lágrimas y salir como si nada. De soportar el dolor físico, emocional, laboral, familiar y aún así hacerse responsables de todo. De ese talento para resolver mil cosas al mismo tiempo sin que se les caiga la sonrisa.

Y no, no digo que el valor de una mujer esté ligado a su capacidad de ser madre. Al contrario. Las mujeres valen —y mucho— por quienes son, por lo que aportan, por su visión del mundo, por su inteligencia, sensibilidad, liderazgo, intuición, amor. Pero también es verdad que tienen una resiliencia especial. Una que no se enseña, que no se compra, que no se imita. Una que viene con ellas desde siempre, como un don con el que nacen.

Por eso cuando escucho a algunos queriendo redefinir lo que significa ser mujer desde discursos superficiales o identitarios, no puedo evitar sentir que se está trivializando algo muy profundo. Ser mujer no es solo un pronombre, un maquillaje o una prenda. Es una historia escrita en el cuerpo y el alma. Es sobrevivir a siglos de opresión y aún así caminar con la cabeza en alto. Es ser constantemente subestimadas y aún así superar expectativas. Es ser muchas veces el pilar de una casa, de una familia, de una sociedad… sin pedir nada.

Así que, mujeres, señoras, señoritas, jóvenes y adultas; no dejen que nadie les quite su lugar. Ustedes nacieron con dones únicos, con una fuerza que transforma y una ternura que no se enseña. Con una capacidad de crear vida, ideas, comunidad y belleza al mismo tiempo. Son, sin exagerar, lo mejor de la creación.

Porque pueden estar trabajando y dando vida al mismo tiempo, como si fuera lo más natural del mundo. Así son ellas. Así son ustedes. Si algún día el mundo les hace dudar de su lugar, recuerden a esa mujer en Costco. No necesitaba levantar la voz; con solo estar ahí, lo dejó claro: no hay fuerza que se compare.

Leave a Comment