Nadie se despierta un lunes por la mañana pensando: “Hoy voy a comprar un seguro de vida”. No es como elegir unas vacaciones, un auto o un nuevo teléfono. No emociona. No se presume. No se usa. De hecho, ojalá nunca tengas que usarlo.
Pero justo ahí está la clave.
El seguro de vida es ese tipo de decisiones que tomas no por ti, sino por los que amas. Y por eso cuesta tanto. Porque te enfrenta con algo que preferimos ignorar; la fragilidad de la vida. Hablar de seguros de vida es, en el fondo, hablar de la muerte. Y eso, seamos honestos, nadie lo quiere hacer.
Sin embargo, también es hablar de amor. Del tipo de amor que se anticipa, que protege aunque ya no estés, que sigue cuidando desde el silencio de una hoja firmada. Porque el seguro de vida no compra lujos, compra tiempo. Tiempo para que tu familia no tenga que mudarse de casa de inmediato, para que no vendan el carro, para que los hijos sigan en la escuela sin interrupciones, para que tu pareja no tenga que correr a buscar un segundo trabajo en medio del duelo.
Lo veo casi todos los días, personas que dicen: “Tengo tiempo, todavía estoy joven”, o “Dios me cuida”. Y sí, ojalá que así sea. Pero tener fe no está peleado con ser responsable. Así como pones el cinturón de seguridad o llevas un seguro de auto “por si acaso”, el seguro de vida es ese respaldo que no usas mientras estás… pero pesa muchísimo cuando no estás.
Es curioso cómo nos cuesta más invertir $40 al mes en una póliza que podría dejar protegida a tu familia, que en suscripciones, cafés o apps que olvidamos en el teléfono. No es una crítica, es una realidad que comparto. Yo mismo tardé en entender que prevenir es una forma de amar en silencio.
Y sí, puede que nadie te felicite cuando contrates un seguro de vida. No hay globos, ni likes, ni aplausos. Pero el día que faltes —que esperemos esté muy lejos—, esa hoja con tu firma puede ser lo que evite que tu ausencia duela aún más.
Por eso el seguro de vida es el seguro que no quieres usar… pero necesitas tener. No para ti, sino para los que quieres. Para que el dolor no se convierta también en una deuda. Para que, incluso en tu ausencia, sigas cumpliendo con ese compromiso silencioso que un día hiciste al decir: “Yo me encargo”.
Porque ese encargo no termina con la vida. Sigue con lo que dejaste preparado; tranquilidad, amor, previsión. Un seguro de vida no se trata de cuánto, sino de para quién. Y ese gesto, aunque no se vea, dice más que mil palabras.