Hace poco más de nueve años, vivía uno de los momentos más altos de mi carrera profesional. Había logrado incorporarme a un medio de comunicación respaldado por una empresa estadounidense, donde tuve que “resetear” mis conocimientos y adaptarlos a una nueva visión, de la mano de periodistas brillantes que también eran grandes seres humanos. Mi responsabilidad era liderar el producto en español dirigido a la comunidad hispana de El Paso —casi el 90 % de la población—, y no exagero cuando digo que tenía el trabajo de mis sueños.
Había autonomía, voz propia, respeto por la experiencia. Mis opiniones eran tomadas en cuenta incluso en las decisiones editoriales de las ediciones impresas y digitales, tanto en inglés como en español. Pero la crisis de los periódicos pegó fuerte, y el futuro brillante se volvió incierto. La compañía decidió hacer recortes y yo fui uno de los afectados. En cuestión de semanas, el panorama cambió por completo.
No había opciones periodísticas viables en la ciudad. Y a nivel familiar, también se avecinaban decisiones grandes; mi hijo mayor se preparaba para comenzar la universidad en Sherman, Texas, mientras el menor recién iniciaba la preparatoria. Mi esposa se consolidaba en su carrera como educadora Montessori, pero sabíamos que, si queríamos un nuevo comienzo, teníamos que hacerlo todos juntos.
Hubo tres opciones profesionales sobre la mesa: Atlanta, Filadelfia y Phoenix. La capital de Arizona ya nos era familiar por los torneos de fútbol y siempre nos gustó su dinamismo y la infraestructura deportiva. En mayo de 2017, me mudé primero, y para julio ya estábamos todos en Glendale, Arizona. Verónica recibió dos ofertas laborales en un solo día. Nuestro hijo menor se adaptó rápidamente a su nueva escuela y el mayor siguió su camino universitario. El apoyo de mi hermana, que ya vivía en la ciudad, fue clave. Hasta hoy le estamos muy agradecidos.
Yo, por mi parte, me integré a un nuevo periódico en español. El formato era distinto, los retos otros, pero la vocación seguía ahí. Todo parecía acomodarse… hasta que en octubre perdí ese empleo. Y de repente, el único ingreso estable era el de mi esposa.
Tenía que actuar. No había espacio para el orgullo, ni tiempo para lamentos. Había que salir adelante, y la oportunidad más inmediata fue tomar el volante. Me registré como conductor en Lyft, una aplicación de transporte privado muy popular en Estados Unidos. Convertí el carro familiar en mi nueva oficina, y las calles de Phoenix en una red de posibilidades.
No era el trabajo soñado, pero era el que estaba ahí, y sobre todo, el que me permitía cumplir con mi responsabilidad más grande; sostener a mi familia.
Y curiosamente, ahí descubrí algo más profundo; sin haberlo planeado, me encontraba repitiendo una historia familiar. Mi abuelo había manejado una rutera, esas camionetas (van) adaptadas como transporte público en el norte de México. Y según cuentan, mi padre también tuvo su temporada de ruletero. Yo, sin pensarlo, terminaba formando parte de esa cadena, de ese legado de hombres que, cuando toca, agarran el volante para seguir adelante. Con menos certezas que gasolina, pero con la firme convicción de que no se deja caer a los que uno ama.
No fue fácil. No lo es para nadie que de pronto debe adaptarse, dejar atrás lo que fue y abrazar lo que toca. Pero en ese proceso encontré algo que no se enseña, ni se improvisa: resiliencia. No como discurso inspiracional, sino como experiencia vivida.
Esa etapa fue una lección silenciosa. Me enseñó a valorar más, a juzgar menos. A entender que no todos los caminos son rectos y que la dignidad no se mide por el título en tu tarjeta de presentación, sino por la entereza con la que enfrentas lo que te toca.
Al mirar atrás, sé que fue un periodo necesario. Porque me transformó, porque fortaleció lo esencial y porque me preparó para los nuevos capítulos. Esa etapa me dio herramientas que hoy valoro profundamente y que, sin saberlo entonces, me abrieron camino hacia la carrera que tengo hoy. Estoy en un lugar mejor, más sólido y con la certeza de que cada esfuerzo tuvo sentido.
En la segunda parte de esta historia, compartiré algunas de las experiencias que viví al volante, con pasajeros que también cargaban con sus propias historias. Porque al final, todos llevamos algo. Y a veces, solo necesitamos a alguien que nos escuche en el camino.