La comedia en México no se entiende sin Los Polivoces. Y hoy, con la partida de Eduardo Manzano, no solo se despide un actor, se apaga una de las voces que nos enseñaron a reír frente a la televisión.
A Manzano lo recordamos principalmente en pareja con Enrique Cuenca, con quien formó uno de los dúos más icónicos de los años 60 y 70. Los Polivoces no solo hacían reír, observaban, criticaban, exageraban y retrataban con humor a una sociedad en transformación. Desde el burócrata hasta el vendedor callejero, desde el policía hasta el político, todos pasaban por su lupa cómica.
Uno de sus personajes más inolvidables fue sin duda Gordolfo Gelatino, el galán ridículo y fanfarrón que vivía obsesionado con su elegancia, su “lomo plateado” y su amada Naborita, interpretada por Enrique Cuenca. Ese personaje, con su risa forzada y frases pomposas, se volvió un clásico que aún recordamos con cariño. Era una burla sutil —y a la vez entrañable— al hombre que presume sin tener con qué, al seductor empedernido que se enamora de su propio reflejo. La dinámica con Naborita era la cereza del pastel, con un amor absurdamente exagerado, pero en perfecta sincronía con su “!hijazo de mi vidaza!” .
Fue televisión de otro tiempo, pero que supo adelantarse al suyo. En blanco y negro, con escenografía limitada y risas grabadas, sí, pero con una agudeza y talento que sigue vigente en quienes crecimos con ellos. Muchos de nosotros, siendo niños, vimos por primera vez la sátira, y la crítica social a través de sus personajes. Nos reíamos sin entenderlo todo, pero quedaba esa sensación de que reír también podía ser una forma de pensar.
Eduardo Manzano no solo era “el otro Polivoz”. Era el que con una ceja levantada, una mirada ingenua o una frase dicha en el momento justo, completaba el dúo perfecto. Su ritmo, su dicción, sus pausas… todo estaba medido con maestría.
Hoy, simplemente le damos las gracias. Gracias por ser el referente cómico de tantas generaciones y hogares. Por mostrarnos que el humor puede tener estilo, inteligencia y dignidad.
Se fue Eduardo Manzano, pero se quedan los personajes. Y con ellos, los recuerdos. Y con los recuerdos, la risa.
Gracias, maestro.