La noticia estremeció al mundo del deporte: Marshawn Kneeland, jugador de los Dallas Cowboys, murió por suicidio. Tenía 24 años, según los reportes oficiales. Apenas unos días antes, lo había visto anotar su primer touchdown en el Monday Night Football, en horario estelar. Celebró con la energía, ilusión y fuerza de alguien que parecía tener todo por delante. Ver eso, y luego enterarme de la noticia, me golpeó de una manera que no esperaba.
Pero la salud mental no distingue fama, fuerza física, profesión o edad. Y eso es, quizá, lo que más duele; nos recuerda que el dolor que no se dice también mata.
No se trata de entrar en polémicas ni especulaciones. Se trata de entender que este caso vuelve a poner sobre la mesa un problema que sigue siendo incómodo para muchos; los hombres también sufren, y muchas veces sufren en silencio.
Las cifras son claras y brutales.
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), los hombres representan casi el 80% de las muertes por suicidio en Estados Unidos. En promedio, mueren por esta causa cuatro veces más que las mujeres. No porque sientan menos, no porque “aguanten más”, sino porque muchas veces no piden ayuda. Porque creen que no deben. Porque crecieron escuchando que un hombre no llora, no se quiebra, no habla de lo que siente.
Y así, poco a poco, se va “llenando el costal”, de responsabilidades, expectativas, presión económica, exigencias internas, miedo a fallar. Un costal que cada uno carga solo, hasta que un día pesa más de lo que se puede llevar más.
Cuando supe lo que había pasado con Kneeland, no pude evitar recordar algo que mi papá me dijo alguna vez: “lo que no se ventila se pudre”. En ese momento no entendí la profundidad de esa frase. Hoy sí…el silencio puede convertirse en un enemigo silencioso, en un peso que nadie más ve.
El caso de Kneeland es un recordatorio de que la salud mental no es un lujo ni un tema opcional, es parte de la vida. No importa si eres atleta profesional, padre de familia, estudiante o trabajador; nadie está exento de atravesar un episodio depresivo, de sentirse desbordado o de perderse en sus propios pensamientos.
También es un reflejo de algo que escucho una y otra vez: “No quiero preocupar a los demás”, “Yo puedo solo”, “No necesito hablar de eso”. Pero abrir la conversación no es debilidad. Al contrario; es un acto de valentía. Hablar puede salvarte. Y escuchar puede salvar a alguien más.
Kneeland no debería convertirse en una noticia pasajera. Debería convertirse en un punto de inflexión. Una invitación para preguntarnos cómo estamos realmente. Una oportunidad para que amigos, padres, hermanos y compañeros de trabajo se tomen un minuto para hablar sin máscaras. Para aprender a decir lo que pesa y lo que duele, sin vergüenza.
Porque sí, le puede pasar a cualquiera. A quienes parecen más fuertes. A quienes sonríen siempre. A quienes nunca se quejan. A quienes todos admiran. El sufrimiento silencioso es, muchas veces, el más peligroso.
Si tú, o alguien que conoces, está pasando por un momento difícil, no lo enfrentes solo. En Estados Unidos puedes llamar o enviar mensaje al 988, la línea nacional de prevención del suicidio. Es confidencial, gratuita y disponible 24/7.
Hablar salva. Pedir ayuda salva. Escuchar salva.
Y es momento de que los hombres también tengamos permiso de hacerlo.