Cuando dejas de ser el centro; lecciones sobre ser padre (y pareja) que no aprendí en un libro

Jordan Peterson, el psicólogo clínico canadiense reconocido por sus reflexiones sobre responsabilidad, propósito y estructura familiar, suele decir que tener un hijo no es una extensión de tu ego. Es, más bien, la muerte voluntaria del narcisismo. En otras palabras, es el momento en que decides dejar de ser el protagonista de tu historia para convertirte en el cimiento de la historia de alguien más.

Y tiene razón. En un mundo donde el culto al yo lo invade todo —la búsqueda constante de satisfacción personal, de metas individuales, de validación externa—, hablar de sacrificio suena casi a herejía. “¿Y mis metas?”, preguntan algunos y algunas. “¿Y mi derecho a ser feliz?”. Pero Peterson respondería: tu meta ahora es que alguien más tenga la oportunidad de construir una vida plena. Y tu felicidad… quizá ya no se mida con “likes”, sino con miradas de confianza, con sonrisas compartidas, con momentos en los que sabes que estás haciendo lo correcto, aunque nadie te aplauda.

Porque criar no es “hacer lo justo”. Es sacrificarse voluntariamente por el bienestar de alguien que te necesita más que nadie. Y ese sacrificio, lejos de ser una pérdida, es el mayor acto de amor que un ser humano puede realizar.

Yo lo entendí con el tiempo. Mis fines de semana dejaron de ser míos para convertirse en tardes bajo el sol en polvorientos campos de fútbol viendo jugar a mis hijos. Los viajes familiares se transformaron en torneos, itinerarios deportivos y maletas con uniformes en lugar de trajes de baño. En ese momento tal vez lo veía como rutina, pero hoy daría cualquier cosa por revivirlo. Porque en esas sonrisas, en esa complicidad con mi esposa, en esos abrazos de triunfo o consuelo, encontré una forma de felicidad que no conocía, la que se siente al ver crecer a los tuyos.

Pero esa transformación no fue solo mía. Fue compartida. Verónica, mi esposa, también entendió que ser madre no era simplemente una etapa, sino un nuevo rol que implicaba entregarse, moldearse, evolucionar. Y lo hizo con una fortaleza silenciosa que admiro hasta el día de hoy. En lugar de resistirse al cambio, se convirtió en el centro emocional de nuestra familia, en esa figura que equilibra, que cuida, que siempre ve más allá.

Los fines de semana de descanso también desaparecieron para ella, reemplazados por tardes preparando uniformes, viajes con termos llenos de agua en la mano, bloqueador solar en la bolsa, y tardes en las gradas compartiendo risas, nervios, abrazos y hasta burritos. En lugar de dividirnos, ese cambio nos unió. Criamos juntos, crecimos juntos y aprendimos a acompañarnos en las renuncias y las recompensas. Y eso, estoy convencido, es parte esencial de por qué hemos caminado juntos por casi 30 años.

A pregnant couple holds baby shoes at a sunny beach in Balıkesir, creating a loving and hopeful scene.

Juntos descubrimos nuestras actividades, nuestros momentos de esparcimiento, nuestras pequeñas tradiciones. Con el tiempo, todo cambió —los hijos crecieron, los fines de semana se transformaron, los torneos quedaron atrás—, pero lo que construimos ahí sigue siendo el alma de nuestra familia. Nuestra solidez viene de esos años en los que aprendimos, sin saberlo, que el amor también se entrena y se forja en las actividades con los hijos.

Peterson advierte que muchos padres modernos caen en la ilusión de que la vida debe seguir igual después de tener hijos. Que el tiempo propio, los hobbies o los proyectos personales deben mantenerse intactos, como si la paternidad fuera una interrupción temporal. Pero criar exige una reconfiguración total. No se trata de renunciar a uno mismo, sino de redimensionarse. De entender que tu papel cambia y, con él, el sentido de tu propósito.

Hoy que mis hijos son adultos, confirmo algo que Peterson repite con frecuencia: “El propósito de la vida no es la felicidad, sino la responsabilidad”. Porque la responsabilidad te da sentido. Te arraiga. Te hace mirar más allá del espejo. Y si algo puedo decir después de todo este camino, es que ser padre —y haberlo sido junto a Verónica— ha sido la experiencia más profunda, más exigente y más gratificante de mi vida.

No porque nos haya dado tiempo libre o reconocimiento, sino porque nos dio algo que no sabíamos que buscábamos: trascendencia.

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