La nota que nunca he olvidado (Parte 2)

Los días siguientes al homicidio de Javier Nevárez Márquez se vivieron en Ciudad Juárez bajo un clima enrarecido. Era diciembre, con las fiestas de fin de año a la vuelta de la esquina, y sin embargo el espíritu navideño propio de la época se había desvanecido. Este crimen, cometido en circunstancias tan absurdas como dolorosas, sacudió a una comunidad que aún se veía como tranquila.

El funeral de Javier se celebró el jueves 28 de diciembre en el Panteón Tepeyac. Un viento gélido recorría el cementerio. Policías municipales, funcionarios y la familia del rescatista se dieron cita. La escena que más guardo en mi memoria es la de su viuda; apenas una muchachita, con rostro de niña, frágil y desconsolada. Tenía poco más de veinte años y su vida cambiaba para siempre. Su mirada fija en el féretro transmitía un dolor que ni el frío podía congelar.

Alrededor, los contrastes eran hirientes. Funcionarios municipales descendían de autos lujosos, luciendo abrigos elegantes y repartiéndose abrazos de Navidad. Mientras tanto del otro lado, fornidos policías se ocultaban para llorar y otros bajaban la mirada con vergüenza, sabiendo que el asesino no era un criminal cualquiera, sino uno de sus propios compañeros. Porque el responsable, Eduardo Valle Vega, no solo fue acusado; más tarde sería declarado culpable del homicidio.

Ese día, mientras descendía el ataúd, los disparos de salva se mezclaron con los lamentos de la familia y de los presentes. Recuerdo haber visto a colegas experimentados enjugarse lágrimas discretamente, un gesto que mostraba que no solo éramos periodistas, éramos testigos humanos de una tragedia.

La indignación no tardó en expresarse. Los reporteros comentaban en voz baja la imagen del presidente municipal buscando las cámaras para aparecer conmovido junto a la joven viuda. Su elegante abrigo negro contrastaba con la sencillez de la mujer que apenas podía mantenerse en pie. Era una postal dolorosa de la desigualdad de nuestra ciudad.

Al finalizar el funeral, mi compañero Reyes Ramos Rodríguez (q.e.p.d.) y yo volvimos a la oficina en silencio. En el camino ninguno dijo palabra. Solo alcanzaba a ver cómo Reyes contenía el llanto detrás del polarizado de la ventana del auto. Al llegar, Manuel Gómez nos observaba desde su despacho. Reyes se refugió en su cubículo, mientras Manuel me hizo señas para entrar.

—“Pásale, hijo… ¿qué le pasa a este?” —me preguntó.

Y ahí me desplomé. Le pedí entre lágrimas que no me mandara más a cubrir notas de ese tipo. Manuel sonrió con esa mezcla de dureza y comprensión que lo caracterizaba. Levantó el teléfono y bromeó con mi padre:

—“Güero, la historia se repite. Aquí tengo a Juan Antonio que ya no quiere ir a la policiaca.”

Ese detalle cerró un círculo: Manuel había sido también el primer jefe de información de mi papá en el Diario de Juárez, en los años en que él iniciaba su camino en el periodismo como uno de los reporteros fundadores de ese importante medio en la frontera. En dos generaciones, nos enfrentaba con la misma lección: que el periodismo no es solo oficio, sino también prueba de carácter.

Para el noticiero del día siguiente, Manuel me pidió un reportaje que hiciera sentir al radioescucha que estaba en ese panteón, viviendo ese momento. Con el material de Reyes y mi redacción, además de las intervenciones al aire de Manuel y José Guadalupe, el noticiero se extendió una hora más. Fue un llamado a las autoridades, a la iniciativa privada y a la sociedad: ¿de quién debíamos cuidarnos, de los delincuentes o de los policías?

Lo que más me marcó fue entender que Javier murió fiel a su vocación: intentando salvar vidas. No dejó la ambulancia ni en sus últimos segundos. Su entrega hasta la muerte convirtió su historia en un espejo doloroso de lo que Juárez era y de lo que vendría después.

Esa experiencia me enseñó que el periodismo es mucho más que contar hechos. Es cargar con ellos, darles voz y dejar que nos transformen. Desde entonces supe que hay notas que nunca se olvidan, porque nos muestran el rostro más oscuro de la vida… y nos recuerdan que incluso en medio del mal, todavía hay quienes mueren haciendo el bien.

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