Orígenes con balón y con nombre
No siempre tenemos la oportunidad de escribir sobre alguien a quien conocemos desde su primer día de vida. En mi caso, la historia de Diego Summers es también, de alguna manera, la mía. Sin embargo, lo que aquí quiero compartir va más allá del vínculo familiar: es el retrato de un futbolista, músico e ingeniero en física que ha sabido construir su propio camino, combinando talento, disciplina y una visión artística muy personal.
Diego nació un 22 de junio, la misma fecha en la que Diego Armando Maradona marcaba uno de los goles más memorables en la historia de las Copas del Mundo, aquel de México 86 donde dejó a media selección inglesa atrás antes de definir ante Peter Shilton. Ese día, mientras el mundo celebraba un “golazo” histórico, nuestra familia recibía el suyo. De ahí su nombre; Diego.
El fútbol nunca le ha sido ajeno. Desde muy temprano aprendió a patear un balón y a emocionarse con el juego. Entre nosotros se generó una sinergia particular: un lenguaje no verbal que iba de una mirada a un silbido, suficiente para entendernos en la cancha y fuera de ella. El deporte no solo le dio resistencia y habilidades físicas, también le enseñó disciplina, trabajo en equipo y la capacidad de leer el juego, cualidades que más tarde aplicaría a otros terrenos de su vida.

El descubrimiento de la música
En paralelo, otra pasión comenzaba a despertar. Diego encontró en la música un espacio de expresión que iba más allá de las palabras. Desde que tomó un violín en la orquesta escolar, descubrió que podía comunicar emociones sin necesidad de hablar. Esa fascinación lo llevó a explorar más instrumentos y, con el tiempo, a atreverse a cantar inspirado por sus artistas favoritos.
Fue entonces cuando nació su nombre artístico. Desde mis años de secundaria fui un gran fan del grupo español Hombres G, y en especial de su vocalista, David Summers. Cuando llegó el momento de buscar una identidad artística para Diego, la conexión fue inmediata: unir el “Diego” que llevaba desde su nacimiento con el apellido de un referente musical que me marcó en mi juventud. Así surgió Diego Summers, un nombre que no solo le rinde homenaje a una influencia generacional, sino que hoy tiene vida propia en los escenarios.
El género donde encontró su espacio natural fue el Indie. Ahí, entre la libertad creativa y la mezcla de estilos, Diego halló un lugar donde podía experimentar sin etiquetas, creando un sonido auténtico que refleja tanto su curiosidad como su manera de ver el mundo.
Esa búsqueda lo acercó también a influencias como Foster the People, quienes combinan elementos de rock de los 60, funk de los 70 y la pasión ochentera en un género alternativo propio. En ese mismo espíritu, Diego comenzó a experimentar con sonidos que terminarían por definir su estilo musical. Su primera canción publicada, 2gether, nació en la preparatoria y fue evolucionando hasta convertirse en el primer testimonio tangible de su creatividad.
Entre la cancha universitaria y el escenario
En su vida académica y deportiva también ha dejado huella. Diego se graduó de Austin College no solo como ingeniero en física, sino también como atleta universitario NCAA, defendiendo con pasión los colores de su equipo en las canchas de fútbol. Esa doble exigencia —el rigor de los estudios y la entrega en el deporte— le enseñó a equilibrar esfuerzo, disciplina y pasión.
Y como si la historia no pudiera ser más redonda, fue en esa misma universidad donde viviría uno de sus primeros grandes momentos en la música. Durante su último año, Austin College organizó el festival Kangapalooza, un evento que volvía después de la pausa por la pandemia. La artista principal fue la rapera Audrey Nuna, con millones de reproducciones y una base sólida de seguidores en plataformas digitales. Aquella noche, Diego tuvo el honor de abrir el escenario junto a sus amigos músicos, presentándose por primera vez como Diego Summers. Frente a un público lleno de compañeros y conocidos, la música dejó de ser un sueño íntimo para convertirse en una realidad compartida

Ciencia, disciplina y creación
La ingeniería física llegó a su vida como un desafío intelectual y personal. Resolver ecuaciones complejas, entender fenómenos invisibles y buscar soluciones lo formaron en un rigor que luego trasladó a su música. Para Diego, la relación entre el fútbol, la música y la física es clara: todas requieren disciplina, esfuerzo constante y la humildad de saber que siempre serás un estudiante en cada una de ellas.
Y si hay algo que lo define, es esa curiosidad por encontrar explicaciones más allá de lo evidente. Desde entender qué le da curva a un balón en un tiro libre hasta deducir que las fórmulas podían explicar lo que sus ojos veían en la cancha. Y, del mismo modo, a la música, donde comprendió que detrás de cada acorde hay vibraciones que pueden provocar emociones tan reales como anotar un gol.

Mirando hacia adelante
Hoy, Diego tiene ya más de quince canciones publicadas y varias más en camino. Su sueño es claro: vivir de la música y algún día ver su nombre en una cartelera de festivales como Coachella. Y yo creo que lo logrará.
No se trata solo de fama o reconocimiento, sino de dedicar cada hora de su tiempo a lo que más disfruta: crear y compartir música.
Verlo crecer y construir este camino es una lección viva: que las pasiones no se excluyen, se complementan. Que la disciplina de la cancha, la sensibilidad del escenario y la lógica de la física pueden coexistir en una sola persona. Y que, al final, no se trata de elegir un destino, sino de atreverse a jugar en todos los terrenos con la misma pasión.